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Columnistas

¿Irá a alcanzar con lo que llevamos?

opinion

Lado B

En la fila del supermercado. Detrás de mí, cuatro muchachos de unos 20 años platican de la fiesta que organizaron para ese sábado por la noche. Estamos en un centro comercial camino a La Antigua Guatemala. Comprendo que los padres de uno de ellos están en el puerto y le han dejado la casa de la ciudad colonial para que pase el fin de semana con los amigos. Es la primera reunión del año, la última de esa cadena de celebraciones que han dado en llamar la Guadalupe-Reyes. A partir del lunes siguiente, ese sopor que provocan los últimos días de diciembre, entre borracheras y compromisos familiares, se irá disipando y vendrán las obligaciones: las clases, las tareas, las visitas a la novia, los atascos en el tráfico, la rutina… Ninguno tiene cara de que volverá al trabajo o a la oficina. Por sus alusiones a los regaños y al malhumor de sus progenitores, supongo que aún son hijos de dominio. “Dios quiera que no me vaya a poner muy a verga”, dice uno, los demás ríen y le recuerdan los tres o cuatro “clavos” que armó en la temporada. La preocupación principal del grupo es más bien lo contrario: “¿Irá a alcanzar con lo que llevamos?”. Miran detenidamente el carrito del súper con la actitud de estar haciendo cálculos mentales. Habrá unas cuatro o cinco cajas grandes de cerveza, botellas de gaseosa, bolsas de chucherías y unos seis empaques de botellas de licor fuerte y caro. “Muy poca chela”. “No hombre…”. “La chingadera es que si llegan aquellos, esos jalan demasiado”. “Tenés razón, anda a traerte otras tres, digo yo…  ¿o mejor llevamos más guaro?”. “¡Guaro! ¡guaro! ¡guaro!…”, dice uno de ellos, llevándoselas de chistoso. Otro busca la tarjeta de crédito en la billetera. Haciendo un cálculo aproximado, la cuenta llegará a unos tres mil quetzales.

Hay una pareja, también bastante joven, delante de mí, que retiene la cola, porque no le cuadran las cuentas. Me da la impresión de que el muchacho trabaja en la construcción, ya que su pantalón está manchado de restos de cemento y arena. Ella busca en una pequeña cartera las últimas monedas. Él toma un paquete de galletas con empaque navideño y le pregunta a la muchacha si son necesarias. Ella dice algo entre dientes, le arrebata el paquete y casi lo aferra contra su pecho. Sobre la cinta de la caja: dos bolsas de incaparina, otra pequeña de leche en polvo, un litro de aceite, una caja de cereal, salchichas, una libra de azúcar, arroz, fideos, las galletas en cuestión. Él dice algo sobre una recarga. Ambos miran el teléfono celular por largo rato, como esperando alguna respuesta. Los muchachos de atrás comienzan a impacientarse. Comentan que para comer lo mejor será pedir unas pizzas. La muchacha revisa los productos. Con una mano toma una bolsa de incaparina y, con la otra, la botella de aceite, pero coloca de nuevo los artículos sobre la cinta y toma con decisión la caja de ‘Corn Flakes’, va a entregársela a la cajera, pero se detiene. Mira con un gran enojo al muchacho y retira las galletas con un gesto brusco. Él cuenta unos billetes y paga la cuenta.

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