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Columnistas

Sobre muros y libertades

opinion

Follarismos.

Hoy se celebra el treinta aniversario de la caída del famoso Muro de Berlín en 1989, caída en la que participé como testigo e incluso como protagonista, puesto que trabajaba a doscientos metros del conocido Checkpoint Charlie, paso principal entre Berlín Oriental y Berlín Occidental. Como lo he expresado en otras ocasiones, la caída del Muro fue un evento anhelado y necesario para romper con el marasmo y la falta de libertades políticas y económicas en un sistema oxidado, incapaz de enfrentar los cambios acelerados que Gorbachov empezaba a impulsar en la Unión Soviética y que en Occidente posicionaban al capitalismo transnacional como el sistema ganador en la batalla de las potencias.

En los países capitalistas, las élites sociales y políticas, e incluso buena parte de sus siervos asalariados, gritaron vivas y cantaron loas ante el triunfo de “la libertad” con la caída del Muro, porque Occidente siempre ha estado hipnotizado por el vocablo “libertad”, que el habitante promedio –inculto por falta de cultura– suele pensar en términos singulares y no plurales, lo que hace que esa palabra sea tan abstracta e inservible como las palabras “trabajo”, “amor”, “miedo”, “motivación” o cualquier sustantivo general que carezca de equivalencias concretas. Lo sensato, lo racional, lo adecuado, es hablar en plural: se trata de “libertades” con respecto a algo: libertades de qué y para qué, serían los criterios concretos que nos podrían dar una imagen inteligible y que permitirán comprender de qué diablos estamos hablando.

A mí me hace gracia la gente en nuestro medio, así como en las organizaciones y foros nacionales e internacionales, que se solazan haciendo gárgaras para dar lecciones a los demás sobre la libertad, sin especificar nunca a qué libertades se refieren. Si hacemos una lista detallada de las libertades concretas que podríamos recopilar, y un examen sucinto en una escala de uno a diez del estado de esas libertades en cada sociedad, descubriríamos con estupor que muchos de los países que nosotros consideramos como “libres” y “democráticos”, son en realidad un concentrado de absurdos e inconsecuencias, además de una sarta de mentiras, cinismos e hijueputadas bastante vergonzosas (para aquellos que aún conservan el sentido de la vergüenza). Por ejemplo, en la RDA, el Muro mató en cuarenta años a 136 personas. Allí donde hay muros y fronteras con alambre espigado en el mundo capitalista, en ese mismo lapso, ¿cuántas personas murieron tiroteadas, ahogadas o deshidratadas? ¡A ver, hablemos de libertades!

En los llamados países con modelo soviético, la mayoría de los cuales no pudieron competir con el asedio del capitalismo, había carencias de ciertas libertades políticas, como la libertad de información y de expresión (y digo “ciertas”, porque sí había pluralidad de partidos políticos, foros críticos y una cultura contestataria) y carencias en la libertad de locomoción (antes de los 65 años no se podía viajar a los países capitalistas, pero sí a los llamados socialistas, y la gente lo hacía con fruición y con recursos económicos suficientes, de modo que prácticamente TODOS los ciudadanos de la República Democrática Alemana, por ejemplo, conocían un mínimo de tres o cuatro países socialistas cercanos o lejanos). Esas fueron algunas de las taras principales del sistema. También, la pesada burocracia, aunque habiendo conocido la burocracia francesa, por ejemplo, y la mexicana, y la guatemalteca, la de Alemania Oriental parecía un juego de niños. En cuanto a derechos humanos, el derecho al trabajo allá, por ejemplo, era no solo un derecho sino una obligación, y el no trabajar era considerado delito, de manera que el Estado y todas sus instancias tenían la obligación de proveerte un trabajo, por simple que fuera, así que nadie en el país carecía de medios para vivir con un mínimo de decencia. Y esto, sin hablar de los derechos de los niños y las mujeres, los derechos en el ámbito de la educación, de la salud, etcétera.

Por eso, desde este punto de vista, siempre consideraré muchos de los logros del imperfecto socialismo que existía en la RDA como un avance considerable en materia de derechos humanos, a años luz de los existentes en lo que el vulgo denomina países “libres”. Aquel muro cayó, es cierto, pero los muros de todo tipo que se han creado y que habría que derribar hoy en día son infinitos: en nuestra mente, en nuestra familia, en nuestras casas, en nuestros barrios, en nuestras instituciones, en nuestras constituciones, en nuestra concepción del mundo. Paradójicamente, la lógica del capital privado en contra de lo humano y a favor de la producción y consumo irracional de objetos es tan voraz, que lo único que nos queda, a veces, para sobrevivir, es amurallarnos física, psicológica y afectivamente.

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