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“El otro lado”

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SOBREMESA

“El otro lado” estaba separado del resto de la casa con una puerta de vaivén hecha con tornos de madera. Era un espacio amplio y bien dispuesto, con un patio adornado con una palmerita enana, la cocina, el aplanchador con su mesa de madera forrada con varios de los ponchos y sábanas más viejas de las camas, las habitaciones del servicio, el baño y la pila de piedra con dos chorros y uno que recuerdo siempre abierto, con el agua corriendo, con un trapo amarrado en su boca para que no salpicara.

Era uno de mis lugares preferidos, quizás porque se encontraba alejado de la calle y de los líos internos del resto casa o porque allí rara vez llegaban los mayores o mis padres. Un lugar con vida propia.

“El otro lado”, como solíamos llamar a las instancias del servicio, como si se tratara de un distrito distinto en el mismo inmueble, estaba habitado por una servidumbre sempiterna y medieval, que sobrevivió a mis padres y vio partir al cementerio, en el umbral de piedra de la puerta, al último miembro de la familia que la habitó, juntándose todos en el mausoleo familiar.

Fui una intrusa, una metiche en aquellas locaciones destinadas a la servidumbre. Entraba de tarde en la cocina, un cuarto amplio y oscuro, iluminado por dos ventanas y en las noches, por un solo foco de bajo voltaje. Me sentaba siempre en el mismo sitio a escuchar las historias y de quienes trabajaban duramente en el día en la otra parte de la casa. La plática era siempre en voz baja, como para no ser escuchados o no molestar los afanes de afuera, con cadencia aletargada como de rezo de rosario. Cuatro sillas alrededor de una mesa de madera, pocillos de peltre repletos de café azucarado y tibio, y junto a una pieza de pan dulce o tostadas se comía tortillas quemadas en la brasa, untadas con pasta frijoles o simplemente con sal.

Mi sitio estaba detrás de la puerta, a escondidas de mi madre, quien no debía de enterarse de que cada tarde me empinaba en mi propio pequeño pocillo de peltre aquel brebaje de café azucarado y ralo mientras oía historias de aparecidos, pues al entender de entonces, el café impedía crecer y volvía enanos a los niños y aquellas historias distorsionaban el sueño, la tranquilidad y la realidad.

La conversación fluía lenta, acompañada de la tonada triste de marimba que salía del radio a transistores que estaba encima de un mueble de madera. Las llamas de la estufa y la veladora encendida del altarcito del Cristo de Esquipulas iluminaban los rostros de los personajes, quienes con sus movimientos de manos proyectaban sombras que en las paredes eran gallos, cabras y caballos. Al fondo, en la estufa de gas, hervía siempre un cocido de verduras, el arroz frito y plátanos en miel de la cena.

“No ponga la tortilla de cara, porque pobrecita, le duele”, me regañaba Tona, cuando calentaba en las llamas mi tortilla y desde entonces para mí, las tortillas sienten cuando se ponen al fuego tiene nombre de mujer. O “váyase a otro lado porque sus ojos de gato cortan el batido del envuelto”, me espantaba como hacía con el perro y volvía con el rabo entre las piernas a sentarme detrás de la puerta a sentarme a mi sitial.

Y sin querer queriendo y como intrusa perenne y silenciosa, sentada sobre un basurero de metal, reafirmé en mi infancia el arte de escuchar y de poder pasar inadvertida. Y tostando las tortillas, revolviendo el achiote del recado o espulgándole el gorgojo y las piedrecitas al frijol negro, Tona, María, Pablo, y muchos otros seres queridos que acompañaron mi infancia, me fueron prestando sus historias y saberes; compartieron su querencia, agrandando y completando mi existencia.

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