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Los miserables GT

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lucha libre

Hace más de un siglo, el escritor francés Víctor Hugo describió magistralmente todas las contradicciones humanas a través de su novela Los Miserables. La historia de las injusticias vividas por Jean Valjean, preso durante 19 años por robar un pedazo de pan para su familia, toma un radical giro cuando un monseñor confía en él y le da una segunda oportunidad. A raíz de ese gesto de confianza, Valjean se convierte en un hombre ejemplar que lucha contra la miseria, la injusticia y el prejuicio que cae sobre él por ser un exconvicto. A lo largo de las páginas del libro, vamos entendiendo y viviendo con él, los gestos que lo afectan, moldean su carácter y su destino. Todo esto sucede en una París intensa, empobrecida por sus gobernantes, a punto de arder por las explosiones sociales provocadas por las tremendas injusticias de una monarquía en decadencia.

Hace algunos días que no dejo de pensar en la historia de un pequeño y asustado niño de Huehuetenango, atrapado por robar comida y golpeado por la comunidad como “castigo”. Óscar Ordóñez tiene 14 años pero parece de diez, es uno de los tantos niños con tallas pequeñas producto de la desnutrición y el abandono en uno de los departamentos que ostenta los mayores índices de pobreza extrema en el país. No es la primera vez que Óscar roba. Su delito es tener hambre, un estómago vacío, una tripa que clama por comida. Necesidades que su familia no le provee, ni la escuela, ni la comunidad ni el Estado. Óscar no ha encontrado aún quién le dé una mano, un banano, un vaso de leche. Óscar es noticia triste, su pequeño cuerpo desnutrido apenas cabe en la esposas que la Policía le impuso. Veo sus ojos hundidos y avergonzados, todo el lenguaje de su cuerpo me habla de miedo, pobreza, abandono e injusticia. Escucho decir que este niño cometió un delito, que es un futuro delincuente. Y que dentro de casi un mes, un juez determinara en una audiencia si es necesario que termine sus días en un “hogar seguro” donde lo único que aprenderá será a odiar. Ya sabemos cómo terminan esas historias cuando el Estado se hace cargo de ellos. Sabemos que no cuentan con la sensibilidad, los recursos ni la estrategia necesaria para ayudarlos a romper ese círculo de pobreza y abandono. Lo peor de todo, es que el caso de Óscar no es único, como él, hoy crecen en Guatemala, cientos, por no decir miles de niños y niñas abandonados a su suerte, crecen en familias que no logran darles lo mínimo para tener una vida digna.

En estos mismos días, el hijo del presidente Jimmy Morales fue declarado inocente por un tema de simulación de contratos, préstamo de factura o alguna transa de esas que hacen los de cuello blanco. Me alegra que le hayan dado una segunda oportunidad y que no tuvo que terminar preso a tan corta edad. Sin embargo me duele, que esa misma suerte no la tenga un niño cuyo delito es tener hambre.

Parece que Óscar no tiene un Dios que lo escuche y lo perdone.

Vuelvo a Los Miserables, leo y releo estas líneas que parecen escritas para Óscar: “Los hombres no lo habían tocado sino maltratado, jamás desde su infancia nunca había encontrado una palabra amiga o benévola, la vida es una guerra y en esta guerra él era el vencido”.

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