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El mito de Sísifo II

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Esta situación afortunada no duró, sin embargo, más que dos años. La hija menor del propietario del hotel, que había estudiado antropología en la Sorbona y cuyo sueño era hacer una investigación de campo en África o en América Latina (idea que, dicho sea de paso, suscitó siempre la oposición de su marido, miembro destacado del cuerpo de Policía del cantón donde vivían) se encariñó tanto con el exótico cocinero, que hasta apareció una mañana campeando en su cama. Un mes más tarde, la audaz incursión en el terreno de la antropología participativa produjo resultados tan sorprendentes, que la chica del cuento de hadas –olvido mencionar que tenía rizos de oro, como era de suponerse– le envió una nota clandestina en la que le anunciaba: “Gumersindo, estoy preñada; tenemos que hablar”. Él, entonces, sintiéndose también embarazado, no tuvo más remedio que poner pies en polvorosa antes de que se enterara el marido, sin siquiera haber comprobado la veracidad de la información.

La ciudad que ofrecía más garantías para esfumarse sin dejar rastro era París, así que hacia allá se dirigió él con su morral al hombro, cargado de anhelos y de nostalgias.

–¿No hubiera sido más prudente volver a Guatemala? –lancé, esperando agilizar la conversación.

–Fíjese que lo que son ganas, no me faltaban, pero quería ayudar a mi familia a cancelar el terrenito que habíamos comprado.

–Comprendo. Usted prefirió quedarse y hacer economías –interrumpí, conociendo este tipo de situaciones, bastante frecuentes entre los inmigrantes. Gumersindo asintió y agregó:

–Tal vez fue una mulada no haberme regresado, porque terminé gastándome los ahorros y me quedé sin pisto.

Acto seguido me habló de sus andanzas por París y me contó que había podido sobrevivir en esa ciudad gracias a la generosidad de algunos amigos indígenas peruanos (los peruanos revoloteaban entonces en la Ciudad Luz como polillas encandiladas), quienes no solo le habían dado alojamiento, sino le habían conseguido empleo. Pero se trataba siempre de actividades pasajeras y mal remuneradas, tales como velador de hotel, guardián de parqueos o agente de limpieza en oficinas privadas. Hasta que justo seis meses atrás, se produjo el milagro: un colombiano traficante de esmeraldas lo introdujo como almacenero en un supermercado tipo ‘“Self-service”’ y Gumersindo se alegró de que fuera un trabajo estable y de duración ilimitada.

– ¡Imagínese, fue un verdadero loteríazo! –exclamó, abriendo los brazos.

– ¡Excelente! –balbuceé.

– Pero entonces empezaron mis problemas –agregó.

Respiré hondo. Parece que al fin íbamos a entrar en materia.

– ¿Problemas? ¿Qué problemas?

– Con las autoridades.

– ¡Ah!, quiere decir, ¿con la Policía?

– Essacto.

Gumersindo tenía una forma particular de pronunciar las equis como si fueran una doble “s” y yo debía hacer esfuerzos para no reír.

– ¿Y por qué tuvo problemas con la Policía?

– Ahorita le explico. Resulta que yo recibía cada mañana a las seis en punto el camión que llevaba las mercancías al supermercado. Las descargaba y el resto del día me pasaba desempacándolas y poniéndolas en las estanterías.

– Un trabajo duro… –comenté, para validar su experiencia.

– Solo al principio. Al cabo de un mes mis riñones ya se habían acostumbrado. En realidad me gustaba, porque no exigía pensar. Es chistoso –dijo–; mientras que de un lado mis músculos se movían como máquina, del otro yo sentía que mi cabeza flotaba y se ponía a filosofar.

“Eficaz estrategia contra el embrutecimiento –pensé–: remojar el cerebro en las aguas de la fantasía cuando los músculos sufren. Es el mecanismo más sano y natural que la humanidad ha inventado para liberarse de la esclavitud”.

– Yo no diría que es chistoso, sino curioso –argumenté. Es obvio que en usted se daba un intenso fenómeno de disociación.

Gumersindo palideció.

– ¿Un fenómeno de qué?

– Olvídelo. ¿Sobre qué filosofaba, qué pensaba?

Sus mejillas se pusieron coloradas.

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