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Viaje al centro de los libros

El escritor sudafricano J.M. Coetzee demostró su poder de asombro narrativo con la escritura de la novela Foe, que es, además, una ingeniosa rareza, porque reescribió a su manera la historia de Robinson Crusoe, añadiendo el personaje femenino y adentrándose en el destino del personaje y su esclavo Viernes ya de vuelta en el mundo civilizado. No es una adaptación sino la reconstrucción de la historia o un ejercicio de completar la fabulación, al estilo de la práctica de los romanos con las obras de los griegos, porque como se decía entonces, no es necesario inventar nuevos personajes mitificados sino redescubrirlos, y darles vida en nuevas acciones posibles.

A la isla llega una mujer, Susan Barton, quien se convierte en la narradora. Crusoe lleva 15 años desde el naufragio, dedicado a construir terrazas para labrar, con sus paredes de piedra acarreada desde sitios remotos, sin malas yerbas, listas para la semilla. Pero no tienen semillas, lo que no entorpece la aventura, porque sabe que tarde o temprano llegarán otros náufragos con el saco de semillas. Cada quien toma su parte en el juego: “La siembra queda para aquellos que vengan después de nosotros y que tengan la previsión de traer semillas. Yo lo único que hago es desbrozarles el terreno. Limpiar el terreno y apilar piedras es bien poca cosa, pero aún así es mejor que quedarse sentado cruzado de brazos”. Actitud de abeja u hormiga, acostumbrado a ser parte de una colonia, eslabón de una cadena. Y dice a continuación: “Quiero que tenga bien presente una cosa: no todo aquel que lleva la marca del naufragio se siente náufrago en el fondo de su corazón”.

A su regreso a Londres, Susan convencerá al escritor Foe de que redacte la historia de sus días en la isla desierta, acompañada por el hombre barbado a quien se sometió amablemente, y el fiel esclavo mudo, porque de niño le arrancaron la lengua para evitar que hablara y contara a los demás su tragedia.

La obra es alegórica y exquisita, de una sutileza e inteligencia que deslumbran, y que abre la puerta para animar a los creadores a ejercitarse en dicha práctica, que es tan antigua como la literatura.

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