[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Columnistas

Años de chucho

opinion

SOBREMESA

Llego tarde a casa y por la rendija de la puerta observo que mis padres se han quedado dormidos en la sala con el televisor encendido. Hace mucho tiempo dejaron de ser jóvenes. Quizás desde el momento que nací.

La programación diaria de la tele finalizó desde hace buen rato, y sobre la pantalla hay estática de pequeños puntos negros y grises. El sonido del televisor es sumamente fuerte pues mi padre se ha ido quedando sordo con la edad.

Trato de entrar con cuidado para no molestarles el sueño. Mi padre tiene las piernas extendidas sobre un taburete de madera. Su respiración es entrecortada, y al exhalar sus pulmones, se escucha un pitillo, como hacen las jarrillas de agua hirviendo. Tiene las páginas de El Imparcial extendidas sobre sus piernas.

Mi madre también duerme. Su respiración es densa y opaca, casi sólida, capaz de cortarse con un cuchillo filoso. Los anteojos corridos a la mitad de la nariz, y la aguja de croché, con la que cosía una aplicación de hilo, ha caído al piso.

Respira auxiliada por una máquina de oxígeno. Dentro de sus orificios nasales la pequeña cánula, unida a una manguerita transparente de plástico conectada al enorme tambo plateado.

En la calle, los últimos ruleteros nocturnos pasan anunciando sus rutas: “Mariscal, Reformita, por el puente”. Es más de medianoche.

Ya dentro de mi habitación, advierto que el televisor se ha callado. La primera que sube es mi madre. Sé que es ella porque lo hace despacio, deteniéndose en los descansos triangulares de las gradas para tomar aliento. Arrastra los pies con sus pantuflas peludas de piel hasta llegar al dormitorio contiguo al mío.

Escucho todo. Crujen las duelas de madera del piso con cada uno de sus pasos, y giran las llaves en las puertas de los armarios. Luego, los ritos del aseo: el lavado dental, los buches de agua tibia, gárgaras y una escupida pastosa sobre el precipicio del lavamanos destartalado. La respiración es corta porque por un momento se ha desconectado del oxígeno. Recién acaba de dejar el tabaco, la cajetilla dorada de cigarrillos Diplomat.

Tose una vez, otra y otra vez. Luego comienza uno de aquellos ataques interminables de tos pastosa como ladrido de chucho viejo.

Entonces el conejo se asusta y se tapa los oídos con tapones de dedo índice, por cobarde, y calcula el tiempo que necesita para que la medicina haga su efecto y la respiración vuelva a su ritmo. “¿Quiere que le baje a traer un vaso con agua tibia?, me atrevo a preguntar. Ella responde que no, que no me preocupe. Siempre dice lo mismo, que no me preocupe, que ya pasará.

Todo se escucha desde mi habitación. El paso taimado de mi padre subiendo las escaleras. Su rezo interminable, hincado a la orilla de la cama y de último, como resabio de sus días de internado, el sonido llano y profundo de sus zapatos amarrados de suela de madera cayendo en el suelo rojo del corredor.

La única luz encendida es la de mis padres. Estamos viviendo “años de chucho”, apuntan a la hora de la refacción, “uno cuenta por siete”.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia Lorena Álvarez
Banguat busca atenuar la volatilidad cambiaria
noticia Roberto Blum
El “comedor de almas” a pequeños bocados

El vampiro y el comedor de almas, a pequeñas mordidas, son terribles seres incapaces de completar de verdad su acción: o sea, parásitos impotentes por naturaleza.

noticia
Miami listo para la revancha del reggaetón en los Grammy Latino


Más en esta sección

Ley histórica sobre despenalización del cannabis avanza en Congreso de EE.UU.

otras-noticias

En Guatemala siguen participando online al Powerball para ganar su pozo de casi Q2 mil millones. ¡Te contamos cómo!

otras-noticias

Se estrena, por fin, «Selena: The Series» a Netflix

otras-noticias

Publicidad