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Conciencia e inconsciencia en el panorama político

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Hay un estereotipo muy extendido en nuestro medio que consiste en afirmar, con ese aire del entendido que jura que a él ya se le apareció un día la Siguanaba por la carretera, que en política ya no existen “derechas” ni “izquierdas”, porque las ideologías están muertas o todo es lo mismo. Por lo general, esto lo dicen personas semi-analfabetas que en materia de pensamiento político se columpian alegres en los vapores de la ignorancia.

Lo que en términos generales llamamos “izquierda” ha representado y seguirá representando el grupo de ideas, de valores y de objetivos orientados a resolver en prioridad los problemas sociales bajo el presupuesto de que el progreso material y espiritual de un pueblo, o lo gozan todos, o no puede llamarse progreso. Es decir, implica una sensibilidad, una preocupación, una inclinación a valorar la actividad del trabajo, de la cooperación y de la repartición equitativa de la riqueza, por encima de la acumulación de los capitales privados y de la competencia, que es lo que privilegia el pensamiento de “derecha”, cuya idea de progreso implica necesariamente marginalizar a grandes partes de la población.

Claro que es esta una definición muy general, pero permite ubicarnos. Hoy en día, lo deseable es que un país combine equilibradamente ambos tipos de política, lo que suele considerarse difícil, cuando no utópico, puesto que las personas y los partidos conscientes involucrados se libran a una lucha de clases sin cuartel en su intento de hegemonizar el poder y apropiarse del Estado.

En Guatemala yo diría que hay diversos tipos de sensibilidad y de conciencia de la izquierda frente a la necesidad de un cambio social a favor de las grandes mayorías. Esta conciencia se expresa a través de los diferentes partidos que representan el abanico de sensibilidades políticas que van del centro-izquierda (como podría ser el partido Semilla) hasta la izquierda más radical (representada en parte por el MLP).

Pienso que todas ellas ocupan un lugar en la historia de las luchas del país y poseen legitimidad moral para defender su cosmovisión de la realidad y su concepción particular con respecto a los objetivos a alcanzar y los medios para lograrlo. Desgraciadamente, este sector ideológico representa lo que podríamos llamar una conciencia escotomizada (discúlpenme por la utilización de este cultismo psico-social) una conciencia dividida o, si se quiere, una conciencia esquizofrénica de la realidad, en la que no existen vasos comunicantes y ni siquiera puentes entre las diversas corrientes que incluso persiguen objetivos similares.

¡Vaya paradoja! La parte “consciente” del país, es decir, la izquierda política, se encuentra dividida y se ningunea mutuamente, lanzándose improperios y anatemas, acusándose de reformismo, de derechismo, de corrupción, de oportunismo, autoproclamándose cada una como la auténtica, la verdadera, la pura, al mejor estilo religioso-fundamentalista. ¡Cómico y patético!

Mientras tanto, la parte que yo llamaría “inconsciente” del país, compuesta por la derecha clásica y las nuevas derechas caracterizadas todas ellas por una visión retrógrada, conservadora y reaccionaria de la vida, profundamente egoístas, racistas y clasistas, la parte más oscura que nos tiene hundidos en la mierda, en la miseria y en la corrupción desde siempre, esa parte hecha de las diferentes tendencias del capitalismo que ha sojuzgado a Guatemala, se frota ya las manos, pues sus privilegios serán, gracias a dios y a nuestra pasividad e incongruencia, garantizados y multiplicados.

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