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Luz Marina

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SOBREMESA

Mi tía Lucita contaba muchas historias, sobre todo, cuando se volvió viejita y los años y la enfermedad la encadenaron a un silloncito victoriano forado de turquesa, el cual colocaban todas las mañanas frente a la puerta de su dormitorio, para que pudiera ver un patiecito de cemento rojo con una hilera de macetas de azaleas y los tejados de lámina del vecindario.

Desde su sitial, siguió preocupándose del mundo entero, sobre todo de sus sobrinos y sobrinos nietos, quienes se convirtieron con el tiempo y un poquito, en la razón de su vida.

En los últimos años, inmovilizada en su silla, y aquejada por muchísimos achaques, pero con un corazón potente gracias a una operación de corazón abierto en donde le cambiaron una válvula coronaria ya inservible por una de coche, Tati tuvo la dicha de sentirse querida por su batallón de sobrinos y sobrinas, a quienes ella había chineado, cuidado y regalado muchísimo amor.

Cada mes de mayo regreso a la casa del Centro en donde vivió su última etapa de vida.

Los sobrinos nos volvimos ingeniosos para decirle que la queríamos: Un día, por ejemplo, llegó Luiser con su radio-casetera con mucha música del Cri-Cri, para escucharla nuevamente con ella. Ane, mi hija, le llevó un día a nuestro perro, “pues hace tiempo que no lo mira, Mami”, y entonces metimos al Toky en la parte de atrás del carro y se lo llevamos para que lo viera cómo había crecido. Le llevaron una tele para que escuchara su misa, pero la devolvió pues decía que no era de su tiempo y María Marta una terapista para que no se le entumecieran sus piernas, a la que despachó para siempre después de un tiempito.

Por su silla pasaron niñas comulgantes de vestido blanco y coronita de flores para tomarse la foto con la tía, aunque estuviera sentadita. También, la sobrina nieta vestida de novia y un elenco de bailarinas, conejos y ratones salidas de la clausura del Kínder.

Coralia le hizo los ravioles de sesos con acelga, como los que ella cocinaba cuando había fiesta, y mi hermana le llevó al sacerdote para que solo le platicara para no asustarla, y muchos libros de “busca palabras” para mantenerle alerta la cabeza.

Tengo que confesar que la quise mucho; la quisimos mucho. A mí la vida me la regaló cuando más la necesitaba. Yo había perdido a mi madre y ella me llegó a querer como a una hija.

Supe que la vida se le estaba escurriendo cuando, durante la sopa caldosa del almuerzo, su mente le dio caravuelta en el tiempo, y comenzó a llamarme “mamá” y a preguntarme por Dámaso su papá. Yo le seguí la conversación como si estuviera viviendo en los años veinte, cuando mi abuelo regresaba de su función diaria de cine precisado a cenar.

Tati falleció en la noche de 18 de mayo. Siento que era un miércoles o jueves, no sé, en medio de una gran tormenta con lluvia que hacía peor mi sentimiento de orfandad. “Sálgase del cuarto, me indicó con firmeza la enfermera cuando cayó la noche, si usted está cerca, le costará irse” y falleció cuando iba bajando las gradas del segundo piso.

Su vida ha sido una inspiración y una luz para nuestra tribu familiar, y realmente honró su nombre, aunque a ella nunca le gustó: Luz Marina. Hoy celebro su presencia luminosa en nuestras vidas.

mariaelenaschlesinger@gmail.con

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