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Columnistas

Tiempos de Ubico

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

 

 

 

De ochenta años para acá Guatemala ha cambiado bastante. Por ejemplo, en 2012 dejamos por fin de ser un país de población predominantemente rural: lograrlo llevó tanto tiempo porque en 1940 casi nueve de cada diez connacionales vivían en comunidades de menos de 10 mil habitantes. Algo es algo, dirán los sacristanes del optimismo. En ciertos aspectos sí que mejoramos un buen cacho.

 

Ojo ahí, porque la estructura de poder, la matriz económica, el sedimento cultural profundamente discriminatorio permanecen varados en el tiempo. Todavía hoy se escuchan letanías recordando con nostalgia –ay, malaya– al dictador Jorge Ubico probablemente del mismo modo como por varias generaciones seguirá recordándose a Álvaro Arzú… cuya rancia descendencia se afana en remitirnos a la Edad de los pocos señores y los muchos lacayos.

 

“Era raro el ladino, cualquiera que fuera su estatus, que no sintiera desprecio por los indios”, destaca el investigador P. Gleijeses. Desprecio y miedo: “Un día éstos podrían sublevarse, arrastrados por una furia ciega y destructora”. Así, “nadie podía adivinar lo que acechaba detrás de sus sonrisas serviles, de su comportamiento sumiso, de su silencio”. Cierto intelectual lamentó en 1927 que la raza aborigen fuera “cobarde, triste, fanática y cruel”, y que estuviera “más cerca de las bestias que del hombre”.

 

Noventa años después aún proliferan invectivas por el estilo. Se las he oído decir, off the record, a finqueros de alcurnia y a no pocos líderes empresariales. Lo repite en flagrancia su bulliciosa comitiva de lamebotas atrincherados en el ciberespacio. Me topo con estigmatizaciones similares incluso en la calle; en cantinas, tiendas de barrio, comedores y mercados.

 

Hasta 1934 el indio, sujeto [post]colonial oprimido por antonomasia, estuvo atado al patrón por las deudas contraídas como consecuencia del sistema de peonaje. Ubico hizo entonces que los indígenas quedaran bajo el control del Estado al dictar las leyes contra la vagancia: todos los naturales que no tuvieran tierras, o que tuvieran menos tierras de las prescritas por ley, estaban obligados a hacerse contratar por algún latifundista durante por lo menos cien días al año.

 

Mediante el decreto 1816, de abril de 1932, que eximía a los terratenientes de las consecuencias de cualquier medida que tomaran para proteger sus bienes y sus tierras, Ubico legalizó de facto el asesinato. El látigo y el cepo sobresalían de entre el inventario regular de utensilios que toda finca debía tener. Si a criterio del ladino los indios eran “seres inferiores, una masa amorfa que sólo entendía la fuerza”, para el criollo hacendado eran además fuerza de trabajo gratuita: mano de obra casi esclava.

 

La sociedad estaba militarizada. El gobernador de cada uno de los 22 departamentos era un general. Los oficiales llevaban a los reos y a los indios a realizar trabajos forzados en las ciudades y en el campo. La educación secundaria estaba bajo dominio castrense. Los directores de las escuelas eran chafarotes de alto rango. A los estudiantes se les exigía entrenarse como reservistas.

 

“Yo no tengo amigos, sino enemigos domesticados”, le gustaba fanfarronear a Ubico. Los comunistas eran una de sus más ostensibles fobias. Otra de ellas eran los intelectuales.

 

¿Conoceremos tiempos parecidos? Las dudas al respecto se aclararán pronto.

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