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La Ciudad Verde

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SOBREMESA

Los paseantes dominicales llegaban alegres y sin prisas a los bosques de La Aurora, Las Margaritas y Oakland a disfrutar el descanso de fin de semana. Otros, preferían los paseos al norte de la ciudad: los llanitos de El Sauce con sus nacimientos de agua al fondo del barranco, los bosques de la finca El Gallito o visitar los alrededores del Mapa en Relieve y el Templo de Minerva, en tiempos de nuestros abuelos, al inicio del siglo pasado.

La ciudad estaba rodeada por grandes extensiones de terrenos verdes y boscosos; fincas rústicas privadas que la gente disfrutaba como suyas durante los fines de semana para sus días campestres, porque así era la costumbre, aprovechar los espacios verdes, porque abundaba la tierra y, sobre todo, éramos menos.

No existían los cercos que limitaban los solares o el paso, y cuando los había, eran rústicos y frágiles. Talanqueras sin candado o llave que se abrían y cerraban al antojo; sin atalayas, garitas o vigilantes al acecho: los paseantes pasaban adelante y de allí comenzaba la fiesta, la distracción, el almuerzo, el baile tímido, o en febrero el carnaval, con música de fondo de una pequeña marimba de tecomates que unos mozos habían llevado cargando a memeches a campo travieso.

Así lo describe Myrna Torres Rivas en sus lúcidas memorias, Mi vida en primavera, en donde se declaró feliz habitante de El Sauce, propiedad de la familia Lainfiesta, finca que el domingo se volvía de todos. Un frondoso sauce llorón daba la bienvenida a los parroquianos, de allí su nombre, quienes gozaban de los verdes de la finca o de las tanques de natación de agua cristalina y fresca proveniente de un nacimiento del terreno.

Era usual ver a los paseantes caminando, en bicicleta, o en carruajes, los más afortunados, rumbo a un día de campo, siempre muy esperados, porque los chapines de antes no eran botaratas, sino más bien ascetas, puritanos y discretos en el gastar, en el tener, en el comer, en el hacer y hasta en “divertir”. Entonces no se iba a un “pic-nic”, se disfrutaba de un día campestre o excursión.

Los niños eran los más felices en el paseo. Llevaban la onda en el bolsillo trasero de su pantalón corto, listos para acertarle al clarinero ojo de vidrio o al pequeño gorrión. Otros caminaban con zancos, sorteando agujeros y piedras con sus canillas de palo, o carrereaban detrás de la rueda de fierro, dándole y dándole con una varita filosa. Niños y niñas se divertían con pelotas tripa de coche, capiruchos, bailando trompos o volando barriletes cuando empezaban a soplar los vientos de noviembre.

El almuerzo en el campo se hacía formal, con fuego en tres piedras, pushito de carbón o ramitas secas y ocote para encender la llama, para comer caliente.

Se llevaban petates para sentarse, el mantel en lugar de mesa. La olla de peltre con el sancocho, el pulique o el pepián indio. El arroz, chojín, tortillas y panes con chile relleno o curtidos envueltos en papel periódico, en tiempo en que aún no había llegado el pan de molde a Guatemala.

Para mitigar el calor, las aguas frescas: tamarindo, canela, limón, naranja, horchata con pepitoria y pepita de melón, siempre en olla de barro para conservarla fría.

El paseo terminaba cuando comenzaba a caer la tarde, cuando enfriaba o llovía. Si el clima lo permitía, el regreso se disfrutaba despacio, platicado para alargar el descanso en compañía, y si era día de suerte, y quedaba cerca alguna estación del tranvía, la de El Calvario, o El Guarda Viejo para los que habían subido a la montañita de Santa Cecilia por ejemplo, los niños podían prolongar el paseo de domingo, regresando a casa en tranvía jalado por dos mulitas flacas. Pero los niños de entonces, ni se fijaban en ellas.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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