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Columnistas

Ana María Biguria

opinion

SOBREMESA

Ella fue siempre la reina de la casa, pero más, el Día de la Madre. Se lo había ganado por mucho, y mi padre así lo promulgó hasta el último día de su vida. Cuestión de empatía o de química, imagino, pero nosotros los hijos así lo masticamos y comprendimos.

Cada 10 de mayo le llevábamos el desayuno al cuarto en una charola con mantelito de lino enyuquillado. El menú consistía en un rimerito de panqueques delgados que colocábamos en el canasto de las tortillas; el pequeño pichel rebalsando con miel blanca, unas azaleas del patio y una taza con leche de vaca sin nata entintada con un chorrito de esencia de café.

Ella, encantada de la vida, muy feliz, porque sabía que la celebración llegaría temprano a despertarla, por lo que se colocaba una “mañanita” color celeste cielo llena de encajitos, y nos recibía con la mejor de las sonrisas. Comenzábamos con los parabienes, los besitos y los abrazos fuertes, los que para mí tenían olor dulce a polvos de mota o a fragancia fresca de Agua de Colonia 4711.

Cada uno de los hijos esperábamos el momento preciso para abrazarla y obsequiarla en su día: el plato pastelero de loza, adornado puntos rojos del almacén Los Monitos; los pañuelos de lino bordados con enramadas de margaritas y rosas; los jabones de baño La Maja con la estampa de una mujer sevillana en mueca de baile, y el peinecito de carey tamaño de bolsillo el cual comprábamos con la nana María en el salón de don Pablo, a la vuelta de la casa.

Éramos felices, creo, a pesar de las locuras de mi hermano que insistentemente lanzaba sus carritos de juguete al patio, desde el segundo piso, por el simple gusto de ver cómo quedaban destruidos y aplastados por el golpe; a pesar de la insistencia de mi hermana de casarse a edad prematura; las peleas y necedades de los cinco retoños, y de mi dificultad visible y temprana de aprender a escribir y leer por una desconocida dislexia.

No importaba, nos quería así, tal cual éramos, mitad niños felices mitad extraterrestres.

En mi caso, fui la benjamina de una familia de seis hijos. Nací a destiempo, cuando mi madre rebasada los cuarenta y cinco, y a pesar de haber aterrizado tarde, mi madre me dio el mejor de los regalos: su paciencia, el quererme incondicionalmente y hacerme creer que estaba dotada de un genio único y poderoso a pesar de los pesares: de ese raspadísimo 51 con el que aprobé las asignaturas de lectura y escritura en el primer año de Primaria, y yo, totalmente en la luna de Valencia, porque a mí, las letras, los sonidos y las palabras deambulaban confusas y perdidas en la nebulosa de mi cerebro, sin saber de qué se trataba.

Y a pesar de muchas otras: de mis inmensos dientes delanteros de conejo, los cuales resaltaban en la redondez de mi cara; de mi cuerpo siempre “llenito” y de habilidades increíblemente irrelevantes, como la de poder pasar el termómetro de vidrio entre mis dos dientes superiores; tragarme un frijol saltarín que de dar brincos en mi mano terminó en mi tracto digestivo o la hazaña de haber reprobado ortografía los seis años de la primaria.

Me quiso así, tal cual, sin condiciones, exigencias extremas o egoísmos, como solemos hacer las madres, y le agradezco tanto su amor inmensamente inteligente, de haberme hecho sentir a poderosa, linda y sobre todo única…. al punto de haber superado sin pena ni gloria los bemoles de mi dislexia y dedicarme, ahora, a lo que llamamos escritura.

Debo confesar que mi vida estuvo repletita de su amor compasivo y extremo, el cual ha sido a través del tiempo referencia, asidero y brújula.

maríaelenaschlesinger@gmail.com

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