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Interpósita muerte

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EL BOBO DE LA CAJA

A finales del 2005 perdí mi fuente más importante de ingresos. En el lapso de la misma semana el propietario de la casita donde vivía me citó: “Andrés, a partir del otro año voy a subirle la renta”. Evalué varias opciones. Me decidí por brincar hacia afuera.

 

Un tío mío, divorciado, misántropo, con quien siempre tuve buen rollo, trabajaba como jefe de taller en una finca de la bocacosta. El casco principal incluía dos casas enormes, una de ellas de finales del siglo diecinueve, la otra de los años treinta del siglo pasado; ambas rodeadas de jardines y una piscina con terraza.

 

Casi nadie visitaba aquel edén caído en desgracia. Mi tío residía en una de las dos casas, la más antigua. Aceptó de buen agrado recibirme como huésped a cambio de una módica suma para cubrir los gastos de comida. No pagábamos agua ni electricidad: la finca contaba con dinamo propio y varios manantiales para surtirse.

 

Trasladé mis tiliches sin estar aún del todo convencido de ir en la dirección correcta. A los cuates, incluso los más cercanos, les hice creer que iría a Barillas, Huehuetenango: “Quince horas me hago en bus, a veces más si hay mucho lodo”. Me negué a recibir visitas. Necesitaba tiempo para pensar, para leer, para escribir; disciplinar mis hábitos.

 

Diseñé una especie de pénsum a la carta. Devoré libros. Cultivé el intelecto como nunca antes. Mantuve una rutina casi militar, impuesta por mí mismo, que arrancaba a las seis de la mañana y concluía pasaditas las once de la noche. Comía mis tres tiempos. Hacía dos horas diarias de ejercicio. Pasaba así temporadas de mes y medio, a veces un poco más, que interrumpía brevemente para ir a la capital a entregar facturas, recoger cheques y portarme mal con los amigotes.

 

Mi calidad de vida se elevó a niveles que nunca imaginé. Aprovechaba los fines de semana para perderme en las veredas, a pata o en bicicleta. La exuberancia vegetal adyacente cautivaba mis sentidos, transportándome a otra época, a otra realidad. Por lo demás, reduje casi a cero mis hábitos de socialización. Con mi tío, tan ermitaño como yo, nos veíamos apenas a la hora de las comidas. Charlábamos entonces, acompañándonos sin estorbarnos en absoluto. El domingo, a la hora del almuerzo, bebíamos nuestro único litro de cerveza en toda la semana.

 

Nos hicimos aleros, confidentes; fuimos coyotes de la misma loma, testigos del Paraíso y usufructuarios de él. Desprevenidamente se convirtió en la compañía más estable que tuve durante los casi seis años que pasé allá, en hibernación. Combinábamos destrezas: a él se le daba la electrónica, la inventiva, las manualidades, reparar cachivaches; pero le aburría leer. Hablábamos de política, de ciencia, de tecnología, de sexo, de películas, del árbol genealógico.

 

En una de tantas, estando en la capital conocí a la mujer que todavía hoy se roba mis suspiros, y poco a poco el corazón me fue llevando por otros rumbos. Regresé todas las veces que pude, huyendo del tráfico y los lastres mundanos. Echaba de menos las sobremesas con el anfitrión, su charla distendida, su trato cortado con machete, su hospitalidad a rajatabla.

 

Cayó hospitalizado por el tabaco. De eso hace un buen rato ya. Luego le dieron alta pero con tanque de oxígeno. Se encontraba estable, aparentemente. Con mi esposa hicimos arreglos para ir a verlo dentro de tres semanas. Queríamos darle la sorpresa.

 

La muerte se interpuso.

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