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Columnistas

Diario de un mal año

opinion

Viaje al centro de los libros.

J.M. Coetzee se sale de lo común, y hay que releerlo, porque sus comentarios en medio de la ficción expresan la ruptura profunda y dolorosa abierta en la mente del hombre de hoy. En su Diario de un mal año nos presenta a un personaje inquieto, adulto envejeciendo, que se supone es alguien conocido, un intelectual respetable, viviendo solo en un edificio de apartamentos. Una tarde está frente a la máquina de lavar ropa, esperando sus prendas, cuando al sótano del edificio llega también una vecina, Anya, con quien se irá sucediendo una relación confusa al pie de página, porque la novela es así, técnicamente hablando, un ensayo con una novela en las notas de pie de página, donde a veces hay un pensamiento cortado del protagonista masculino y otras el de Anya. Uno cree que podría leer de un tirón todos los pies de página, pero entonces no tendría sentido la obra, porque el protagonista no se funda en sus acciones sino en su pensamiento. Por la manera de ver la vida, lo vamos conociendo, y es inteligente, perspicaz, prisionero en la realidad, como si le faltara el aire.

Los comentarios nos hacen creer que estamos leyendo un libro de ensayos, pero las breves citas al pie de página nos devuelven a la descripción del retrato de un solitario de hoy, tirado al mundo, desorientado, reclamando la razón. Alguien viviendo solo, que no necesita de nadie.

Igual que Helen DeWitt, lo apasiona Los siete samuráis de Kurosawa. En sus notas reflexiona sobre la acción en ese pueblo de agricultores en blanco y negro, sojuzgado por tribus de salvajes que roban, violan a las mujeres e incendian sus hogares si ellos no pagan un tributo. Para liberarse recurren a los siete samuráis, quienes los defiendan, pero luego quieren que se les pague para defenderlos siempre, pasando de defensores a parásitos. Una manera de transferir la violencia, como ha pasado en Guatemala.

El autor no tiene miedo de experimentar, de plantear su historia de manera diferente, de explorar su impresión del mundo. Toda su obra es brillante, pero este libro en particular es más exigente, requiere complicidad de parte del lector. No es una novela complaciente, hay que interactuar durante la lectura con el narrador.

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