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Como una chirimía tocando a Mozart

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Lado b

Fue Luis Alfredo Arango quien me presentó a Humberto Ak’abal a principios de los años noventa. Yo acababa de regresar a Guatemala, luego de 10 años de exilio, y él aún no había publicado su primer libro, El animalero. Luego nos encontramos en un taller que ofreció el escritor mexicano Carlos Montemayor en Guatemala y terminamos, a partir de la experiencia, volviéndonos amigos. También andaba por ahí, es decir por el taller, Carlos Paniagua, quien había ganado el principal concurso literario de aquel entonces con un relato en verdad soberbio titulado Primera vez. A los tres nos unía un sentido del humor bastante negro e, instalados en la treintena, una actitud entre soberbia y sombría de creer que ya veníamos de regreso de absolutamente todo. A quien le hizo mucha gracia esta pose de perdonavidas fue a Mario Monteforte Toledo, que nos adoptó a cada uno por separado y se empeñó en enseñarnos las maneras elegantes de cruzar todas las tormentas. Si de Arango, Ak’abal absorbió la sencillez y la nitidez de sus versos, esa luz interior que lo acompañó toda su vida, de Monteforte heredó la necedad, ese empecinamiento por querer cambiar la realidad, empezando por la propia.

Siendo uno de los mayores estudiosos de las lenguas y literaturas precolombinas, Carlos Montemayor conectó a Humberto con un movimiento más amplio, el del boom de las letras indígenas surgido alrededor del llamado V Centenario. Su talento y su trabajo hicieron lo demás y él supo encontrar su propio camino, su independencia creativa. Me consta, porque lo platicamos infinidad de veces, que siempre rechazó ser considerado como “un indio que escribe”. Quería ser un poeta a secas, y aun si hubiera nacido inuit, chino, nórdico y no k’iche’, estaba seguro de que hubiera optado por la misma vía, la de la escritura. Y fue en la literatura en donde honramos nuestra amistad y nos encontramos por encima de cualquier cosa. Ak’abal fue uno de los lectores más serios, iluminados y completos que yo encontré en Guatemala en una época en la que a ambos nos gustaba transitar por autores de lo más extraño. Ma Jian, me acuerdo, una especie de beatnick y disidente chino, fue uno de esos escritores que devoramos y sobre el que discutimos bastante, hasta que se metió demasiado en política y dejó de interesarnos. Había perdido desazón, ese sentimiento tan familiar para ambos, independientemente de nuestros orígenes étnicos.

Tizne fue una palabra que nos conectó desde los inicios de nuestra amistad. En una reseña que escribí sobre El animalero o sobre Guardián de la caída de agua, no me acuerdo, hablo de eso. Indígenas, ladinos o lo que fuéramos los dos proveníamos de cocinas tiznadas y ahí habíamos descubierto el espanto que nos acompañó por largo rato. La Guatemala oscura y tiznada de la segunda mitad del siglo XX. En su poesía, en sus cuentos, Ak’abal supo darle cuerpo a ese tizne, con una nitidez que deslumbra. Siempre le admiré la claridad, el ritmo, la palabra justa. No es en realidad que tradujera del k’iche’ al castellano lo que surgía de su cabeza. Es que supo impregnar el español del sonido telúrico de las lenguas mayas. Como una chirimía tocando con absoluta propiedad a Mozart.

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