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Polaricemos (4)

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buscando a syd

No es cuestión de no polarizar, sino de polarizar sinérgica y sensatamente. Obvio que no hablo de otra guerra estéril. No es de exacerbar las competencias políticas tribales, ni redundar en trayectorias proliferantes de agresión, que nos distraen del gran trabajo por hacer.

Desde luego que estamos a favor de un marco de paz que disipe la animadversión entre los sujetos sociales. Solo tengamos en cuenta que esta depolarización consciente va de la mano de una polarización creativa. En este sentido, el reto evolutivo consiste en mantener un disentimiento erógeno y no demagógico.

Entiéndase esto: si no hay crisis, no hay crecimiento. La inestabilidad es fuente de posibilidades insospechadas en cualquier sistema sociocultural. Hay que desmantelar ese paradigma beato que asegura que el conflicto es por fuerza malo. El hecho es que sin la polarización dinámica, la vida sencillamente no sería posible. Más allá, se trata de una condición necesaria para el devenir histórico.

Nuestras contradicciones jamás se iban a resolver en esa posguerra de mentiritas en la cual solíamos vivir. Es hasta cierto punto deseable que las pasiones que han regido este país se expliciten y se consuman en el fuego de las posiciones. Las personas tienen total derecho a reclamar e indignarse.

Pongamos por caso la paz de 1996, que fue firmada por los dirigentes de la guerra y los tecnócratas geopolíticos, pero de ningún modo por las víctimas del conflicto, y mucho menos por los distintos sistemas de valoración ideológica que siguen en pugna hasta la fecha.

La armonía no se obtiene por decreto, eso lo sabemos. Se llega a ella por movimientos dialécticos que necesitan cancha para jugar. Quizá el rol de todo gobernante sea el de crear un metamarco en donde todas estas voces tengan un lugar fluido y puedan entonces ascender. También es una zona en donde todos se hacen responsables de sus energías polarizadoras. Si bien mantengo una tensión con el otro, también mantengo una tensión con ese mí mismo que está en tensión con el otro.

En esta clase de espacio empieza a darse una unidad auténtica, una unidad que no rechaza los polos; que incluye las periferias (sin hacer de ellas nuevos centros de exclusión); y que está dispuesta a sostener y gestionar toda suerte de oposiciones. Mi punto es que para enderezar este país se requiere de mucha magia. Y la magia, incluida la magia social, solo funciona en la polaridad visionaria y asumida.

En lo particular, desconfío de todos los que desconfían de la polarización. Si una cosa podemos tener segura es que el oponernos a la polarización causa, de hecho, más polarización. Un ejemplo es el de los políticos, que en vez de integrar contradicciones, como es su deber estatal, las niegan o las criminalizan (sin contar que esos mismos políticos son ellos fuente de polarización, y no precisamente sana). Lo cierto es que la polarización es normal y en nuestro contexto de nación, en donde nada funciona, perfectamente deseable. El que no polarice en este contexto es cómplice de un régimen de muerte. Por eso, yo polarizo.

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