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Columnistas

Romería a Esquipulas

opinion

SOBREMESA

En el último mirador, antes de bajar a la Villa, mi padre detenía el auto para que contempláramos, desde lo alto, la imponente basílica pintada de blanco.

Un airecito caliente y pegajoso nos daba en la cara, y a lo lejos, el paisaje del templo sumergido entre un mar de vegetación muy verde nos quitaba el aliento, sintiendo, por un momento, que aquel viaje larguísimo bien había valido la pena.

Un horizonte con pocas casas completaba el paisaje y desde aquel mirador cubierto por florecitas amarillas se distinguía el camino recto y empedrado que llevaba directamente al Templo de Esquipulas.

Bajábamos despacio, con las ventanillas del auto abiertas hasta los topes; con las cabezas de fuera para refrescarnos como si fuéramos perros, observando sorprendidos, con los ojos bien abiertos como huevos estrellados a los cientos de romeristas, en su mayoría caminantes descalzos, que pasaban a nuestro lado rezando juntos a coro, o los solitarios penitentes hincados, quienes se movían despacio, contraídos en su rezo y en su dolor con la mirada y los brazos levantados al cielo, implorando o agradeciendo, con las rodillas completamente ensangrentadas.

Al llegar al templo, la orden era clara: antes de comprar dulces o sombreros, antes inclusive de utilizar el baño o refrescarse en el hotel Los Ángeles, la obligación era visitar y agradecer al Señor de Esquipulas el haber llegado sanos y salvos a nuestro destino. La visita formal se hacía después, con misa larguísima en latín, de tres padres, nubes espesas de incienso, rito sumarísimo para poder completar la santa visita.

Al poner el primer pie en el recinto, la piel se nos ponía de gallina. En aquellos días, las paredes del templo estaban ahumadas, negras por el humo de las cientos de candelas encendidas. Cada una significaba una súplica, un agradecimiento, una enfermedad o una agonía, y al final del camino de luz, al fondo, resplandeciendo en lo alto, la imagen del Calvario con el Cristo Negro de Quirio Cataño.

Con dificultad, encontrábamos lugar en donde sentarnos, y, siguiendo las órdenes tutelares de silencio o pellizco, esperábamos el rezo contraído y profundo de mi padre, con sus golpecitos de pecho y la plegaria concisa de mi madre, quien en rezos y pedimentos celestiales, siempre fue al grano y en forma exprés.

Salíamos del templo caminando de espaldas, imitando a los demás peregrinos, con dolor de panza por el hambre, gritando en bajito que por favor ya no se podía rezar más y que después del agua bendita queríamos una grapete bien fría, la melcocha de tusa, los anisillos de colores, los sombreritos de azúcar encalada tintados con rosicler magenta, y, por favor, por favor, por favor, el sombrero de peregrino adornado con chorizo de colores, pequeños canastitos y tecomates, porque ya era justo y necesario refrescarse un poquito, caminar entre las ventas de juguetes y endulzarse el paladar.

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