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Cara de pendejos

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Es cierto que a veces tenemos cara de pendejos, pero me gusta pensar que no lo somos, que en el fondo no lo somos, y que si bien hay ocasiones en que lo parecemos, podríamos redimirnos todavía cuando el gobierno o el CACIF, o las Iglesias evangélicas, o todos juntos, intentan darnos atole con el dedo para que comulguemos con ruedas de molino, es decir, para que nos traguemos sin rechistar las boludeces, payasadas y decisiones de la juntita militar que dirige al títere que preside los destinos de esta fincota, o para que aceptemos sin abrir la boca las decisiones que los grupos mafiosos del Congreso quieren implementar en estos días para, en nombre del derecho, desbaratar el precario Estado de derecho que, si bien no lo es del todo, es lo único que tenemos para asemejarnos a una democracia.

Atole con el dedo es, entre otras cosas, lo que ha hecho el llamado Presidente de la República con el apoyo vergonzoso del gremio de empresarios, consistente en expulsar del país de forma arbitraria y autoritaria, sin más justificación que los reproches retorcidos lanzados en nombre de la ramera nacional llamada “soberanía”, a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), que ha marcado los últimos años por su capacidad para mandar a prisión, de manera fundada y eficaz, a una retahíla interminable de impresentables y corruptos, de personal de Estado y de empresarios mafiosotes, que se dedicaron a hacer chanchullos que iban desde lo más sofisticado hasta lo más burdo para huevearse los recursos públicos, delito que en muchos países del mundo con sentido real de soberanía, es castigado con más rigor que los crímenes y asesinatos.

Hacernos comulgar con ruedas de molino es también, por ejemplo, pretender que aceptemos con ojos cerrados el desmantelamiento iniciado esta semana del juicio que el Ministerio Público sigue contra el hijo y el hermano del Presidente de la República, desmantelamiento realizado por los jueces y abogados defensores pretextando la ausencia en el proceso de la fiscal de la CICIG encargada de dicha investigación, ausencia que se origina en el cierre autoritario de esa oficina de las Naciones Unidas por parte del gobierno y la expulsión del personal que allí laboraba. Esto se veía venir, se olía y se sentía, como el estruendo de una bestia desesperada dispuesta a borrar todo o casi todos los logros de la CICIG y del Ministerio Público. También, la desobediencia del gobierno contra las decisiones de la Corte de Constitucionalidad (acto que constituye, de hecho, un golpe de Estado en “frío”) es otra de las ruedas de molino que los corruptos pretenden que nos traguemos con nuestra carita de babosos.

¿Cómo, de qué manera podríamos redimirnos y salvar al país, salvar a las generaciones venideras? No veo otro camino más que el que ha funcionado en el mundo desde que el mundo existe: el de la disensión, el manifestar nuestra disconformidad a través de repetidas y vigorosas movilizaciones populares en todo el país, consistentes en paros, huelgas y protestas pacíficas callejeras (puesto que no tienen por qué ser violentas) con objetivos inmediatos importantes y suficientes: pedir la renuncia del actual gobierno y el retorno de la CICIG hasta el final de su mandato. Porque no es posible que una banda de delincuentes de cuello blanco y de uniforme militar, con una cohorte inmensa de sirvientes acostumbrados a bajarse el pantalón ante los cantos de la autoridad y del dinero, quieran ahora, en pleno siglo veintiuno, detener la rueda de la historia. ¡Caramba, somos lentos para entender y actuar, pero no somos pendejos!

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