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Columnistas

La escopeta

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SOBREMESA

El día que mi padre llevó la escopeta a la casa enrollada en papel café con cáñamo blanco, nos pusimos felices y brincamos de la alegría: “Papá, papá, por favor enséñanos el violín”, coreábamos mientras subíamos las gradas al segundo piso.

Por aquellos días en que mi padre llevó la escopeta, mi tía Lucita compró en el almacén de los chinos dos cajas de linternas con sus pilas, que repartió a todos en casa, para que dejaran de usar candelas durante las noches de apagones, cuando se decía que el Gobierno aprovechaba para sacar a los torturados de sus bartolinas para irlos a enterrar.

Pocos días antes de que la tanqueta verde se apostara frente a la casa apuntando con su cañón a la puerta de entrada, el Sulfato, el avión de la United Fruit que hacía correr a todos al inodoro, pasó baleando la casa, porque la nana María probó la nueva linterna apuntando con un chorro de luz al cielo en el preciso momento en que el avión sobrevolaba los tejados del vecindario.

Una ráfaga de metralleta disparó, fallando en el blanco, pero el plomo quedó incrustado en la pared de su dormitorio, como huevos estrellados. Ella ni se inmutó, pues era sorda de los dos oídos, y siguió manipulando el encendido de la linterna.

Al oír los disparos pegando en la pared de la casa, mi padre gritó, “apaguen las linternas y métanse debajo de la mesa, voy a ver qué está pasando”.

Con sigilo, salió del comedor a tientas y en puntillas, y revisó que las cortinas de la sala y salita estuvieran corridas. Aseguró la puerta con doble tranca, y pasó a la cocina en donde estaban las demás empleadas guarecidas debajo de la mesa o detrás de la puerta.

No de muy buen talante, mi padre ordenó a gritos, “apaguen el flamero de la cocina, no ven que nos están disparando”, y Tona apagó las llamitas azules de la hornilla de gas en donde estaban hirviendo unos cogollos de naranja y hojas de lechuga apagadas con ceniza para mitigar la angustia.

En el segundo patio, mi padre alzó la vista y descubrió a María Morales aún en la ventana tratando de controlar su linterna. Corrió a su lado, y se la arrebató, y con señas y señales le ordenó cerrar la cortina porque estaban disparando.

“La situación está color de hormiga”, dijo mi madre a la hora del desayuno. Y mis hermanos, calladita la boca, mientras sopeaban el pan de manteca en el tazón de leche tibia con cocoa y azúcar, se preguntaban de qué color serían las hormigas. “Son tiempos difíciles”, afirmó mi padre, quien en los almuerzos de domingo contaba cómo los zepelines alemanes habían atacado Londres, en medio de las sirenas de alarma, durante la primera gran guerra. Entonces, en medio del relato, se tapaba los oídos con fuerza, como para no escuchar el pito infame que anunciaba el ataque alemán.

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