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Columnistas

Baltazar en la mesa

opinion

SOBREMESA

Cuando llegué al patio a visitar a Baltazar, encontré su cuerpo de chompipe desplumado colgando de la viga de madera del techito que daba sombra a la cocina.

La escena la he guardado en la memoria a lo largo de toda la vida: el cuerpo flácido y sin vida del ave; el cuello retorcido y la palangana de peltre llena de sangre fresca, aún cayendo de gota en gota.

Un olor nauseabundo salía de la cocina, de donde habían desplumado a Baltazar, sumergiéndolo en una olla profunda de agua hirviendo para que el plumaje se desprendiera con mayor facilidad.

En la consolita de la ventana estaba un octavo de venado y una hachuela manchada de sangre. De Baltazar solo quedaba el mecate amarrado aún del macetón colorado de camelias.

En un instante, intuí el final sangriento e infeliz del chompipe, mudo de tristeza y pánico al pensar en el momento de la guillotina. Me mordí con fuerza la yema del pulgar derecho para contener el dolor y las lágrimas.

Tona estaba a mi lado, en el lavadero de la pila, limpiando las plumas negras del chompipe. Con una piedra poma repasaba con fuerza los plumones blancos, quitándoles la sanguaza y los restos de cebo que colgaban aún de los plumones. La miré de reojo. Tenía la gabacha de cuadritos azul y blanco manchada de sangre y mientras lavaba las plumas murmuraba en quedito un lenguaje incomprensible, como cuando uno saborea en la boca una bolita de miel blanca.

“Cuando le retorcí el pescuezo”, me dijo, “vi cómo al pobre le salían dos pequeñas lagrimitas de los ojos, todo porque usted se encariñó con él, y hasta le puso nombre”.

Escuché espantada el sufrimiento de Baltazar, el chompipe de plumaje negro. No había muerto tranquilo, ni el Venado propinado a pico de botella lo mareó o relajó lo suficiente.

“Creo que supo que lo estábamos traicionando: primero el mimo y la comidita servido en el pico y luego la guadaña asesina”, puntualizó Tona, al tiempo que iba amontonando las plumas en un canasto de mimbre para llevarlas a vender al mercado.

Ese diciembre no volví a entrar a la cocina. Ni a batir la masa blanca de los tamales sazonado con manteca y sal con la paleta inmensa que más parecía remo; ni probar a dedazos el turrón de miel ni las hojuelas rotas que iban dejando a un lado por sheretas.

No quería saber nada de chompipes ni recordarme de las lagrimitas saladas que brotaron de sus ojos cuando se supo atrapado, listo para el sacrificio.

Baltazar llegó a la mesa Navideña cocinado al vino jerez relleno de picadillo de carne sazonado con almendras y pasas marinadas en licor.

Se miraba apetecible, hermoso, decorado con hojas y lechuga y ramilletes de uvas.

Los comensales aplaudieron al ver entrar al chompipe de piel dorada y de aroma delicado.

El pavo fue a dar a la cabecera en donde se sentaba mi padre: “tráiganme el trinchante y la lima para afilar el cuchillo”, ordenó mi padre, quien tomó el bisturí afilado y con maestría de carnicero fue rodajando el chompipe en lonjitas delgadísimas de carne blanca y negra, el cual fue repartiendo entre los comensales, según su rango o la edad.

Dos pequeñas lágrimas se escaparon de mis ojos al pensar cómo destazaban al chompipe Baltazar, hasta llegar a mi turno: “Elena, ¿cuál es tu elección de este delicioso manjar navideño?”.

“No gracias, dije con fuerza”, a mí solo sírvame relleno, por favor, mientras me limpiaba con la servilleta adornada con pascuas rojas, las dos lagrimotas que corrían como riítos salados por mis cachetes.

Feliz Navidad

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