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Columnistas

Detrás de la cortina III

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follarismos

Diciembre y sus fiestas de fin de año me traen siempre el recuerdo del pasado, en particular del período que viví en la Alemania Oriental, la antigua RDA. Lo interesante de esa experiencia es que estaba allá no como estudiante o como visitante, sino como un ciudadano más, con la única gran ventaja –que no tenían los habitantes jóvenes del país– de poder ir al Oeste, es decir, a la Alemania Occidental o RFA, así como a los demás países capitalistas, cuando se me daba la gana. Por lo demás, mis derechos y deberes eran los mismos que los del resto de trabajadores, y mi vida cotidiana estaba marcada por los ritmos, las ventajas y desventajas del llamado “realismo socialista”.

En particular, la época de invierno era bastante fría (las regiones del Este suelen ser más frías que al Oeste y con frecuencia permanecen nevadas, y la temperatura desciende a menos quince e incluso a menos veinte grados), pero tanto la calefacción de las casas, consistente en grandes estufas-horno de carbón, así como los mercadillos de Navidad de los distintos barrios de las ciudades, le calentaban a uno no solo el cuerpo, sino el alma. Era un placer especial, de niños alucinados, visitar en las tardes y noches las pequeñas tiendas con sus variados adornos alegóricos, luces de colores y productos artesanales, y comerse una salchicha gigante embadurnada de picante mostaza acompañada de una taza humeante de Glühwein (vino caliente con especias). Entonces se extasiaba uno viendo al pequeño grupo de músicos tocar con sus trompetas melodías típicas de la época de Adviento y caías así en la cuenta de que el año se estaba terminando.

Jamás olvidaré que a menudo íbamos con mi compañera alemana en estas fechas al cuartel principal de las tropas soviéticas estacionadas en Berlín Oriental, porque había allí un restaurante abierto al público (una “cantina” lo llamaban) que servía platos típicamente rusos a muy buen precio y los acompañabas con un vaso de vodka que al principio pensé que era agua, pero cuando di el primer sorbo sentí que se me incendiaban las entrañas, impresión a la que me fui acostumbrando hasta comprender que ese era el remedio que tenían los rusos para aguantar los inviernos, y seguramente también, las tensiones de una absurda guerra fría que tenía en brete no solo a las dos Alemanias, sino al mundo entero. Por cierto, que no fue sino hasta años después que supe que el comandante general de ese cuartel era un tal Putin, así que incluso es probable que alguna vez lo hayamos cruzado, dado que el restaurante era frecuentado también por la tropa y los oficiales soviéticos.

¿Era aquella una atmósfera opresiva, vivía la gente triste y amargada? Para nada. La gente vivía, lloraba y reía por las mismas cosas y sueños como todo el mundo en todas partes. Claro, es cierto que había un anhelo generalizado de ver en vivo y en directo las vitrinas de Occidente, ya que los productos occidentales estaban mejor empacados y presentados. Sin embargo, dos años después de la caída del Muro, muchos alemanes del Este reclamaban el derecho de consumir de nuevo sus propios productos, tales como salchichas y yogourts, por ejemplo, que eran de mejor calidad bajo el socialismo que bajo el capitalismo, lo que nos recuerda el famoso dicho que dice que no todo lo que brilla es oro. Pero en fin, durante las fechas navideñas los ciudadanos disfrutaban de las promesas del año a venir, tal y como nosotros lo hacemos en nuestro maravilloso y bello país, a pesar de tener que soportar un régimen totalitariamente corrupto y, sobre todo, cómicamente imbécil e incompetente.

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