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Columnistas

Detrás de la cortina II

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follarismos

No se pueden reducir las realidades complejas de otras sociedades y culturas a aquello que nos imaginamos o que percibimos solo de manera superficial. Así como hay regímenes políticos, costumbres y grados de evolución diferentes en países capitalistas, existían igualmente diferencias notables en el modo de funcionamiento de los países llamados socialistas. Por eso son risibles los estereotipos de la propaganda anticomunista (vigentes todavía en el imaginario estadounidense y latinoamericano), en particular acerca del tema de las libertades y posibilidades que el socialismo ofrece u ofrecía a los individuos para realizarse en el plano personal y laboral.

Con frecuencia, todavía hoy escucho comentarios con sorna y petulancia denunciando el hecho de que en el socialismo el Estado intenta o intentaba cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos en materia de educación, salud y trabajo: “Ve qué rico, papá-Estado cubriendo tus necesidades sin que tengás que esforzarte para ganarte las cosas”, han sido comentarios típicos de chicos “inteligentes” de “buenas familias” guatemaltecas, cuyos padres les han financiado desde estudios y automóvil hasta fiestas de casamiento, y les han asegurado además un puesto en la empresa familiar o de algún amigo. Por supuesto que para los países socialistas, el esfuerzo de garantizar semejantes derechos sociales a toda la población representaba un costo tan alto, que su economía centralizada era incapaz, a la larga, de ser competitiva en el plano internacional, a no ser que se hubieran hecho las reformas políticas necesarias a tiempo, lo que solo China y Vietnam hicieron.

La vida cotidiana en el socialismo de la RDA, como expresé en un artículo anterior, representó el cese del acoso permanente por parte de entidades e instituciones privadas y del Estado exigiéndome pagos o proponiéndome deudas nuevas. También significó el cese de una vida basada en el rendimiento y en el consumo. En tanto que docente invitado, mis horarios de trabajo no sobrepasaban la docena de horas por semana, dejándome tiempo de sobra para la investigación y –cosa importante–, para la vida social, que era abundante. Mi salario era el mismo que el de cualquier intelectual y profesor universitario del país, oscilando entre 1,300 y 1,500 marcos mensuales. En contraste, el salario de los obreros calificados era el doble, porque se reconocía su desgaste y su productividad. Mi vida cotidiana no comportaba privilegios especiales (salvo el de poder viajar a Occidente o salir del país cuando quisiera, lo que significaba un privilegio importante). De esos 1,300 marcos, pagaba 100 marcos al mes por un apartamento moderno de dos piezas, más sala y comedor, 300 o 400 marcos de comida y otras necesidades domésticas, así que me quedaban casi novecientos marcos para ahorrar o para gastarlos en viajes, chucherías, restaurantes, ropa, placeres, etcétera. La ópera y los conciertos con los más grandes artistas mundiales costaban un máximo de cinco marcos, y bueno, si en una familia trabajaba la pareja, teniendo en cuenta que la educación de los hijos y la salud eran gratuitas, a esa pareja le quedaba dinero suficiente para ahorrar y gastárselo anualmente en super-vacaciones en el extranjero, siempre que se tratara de países socialistas.

Al final, los seis años que pasé en la RDA me permitieron comprobar que no todo lo que el capitalismo decía sobre los países socialistas era cierto, y que no todo lo que el socialismo decía sobre los países capitalistas era falso. Que el Estado podía adueñarse de tu casa o de tus bienes privados, por ejemplo, nunca lo vi allá; pero en Occidente, si por alguna razón dejas de pagar la hipoteca de casa o del carro, en nombre de la sacrosanta democracia empresarial, los bancos vienen y te arrancan hasta el alma en un tris, y aquí, damas y caballeros, no ha pasado nada. ¡Que viva, pues, sí cómo no, la libertad!

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