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Por qué me hice disidente

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Siempre me preguntan por qué diablos decidí ir a vivir a la República Democrática Alemana en 1984, seis años antes de la caída del Muro. Ya entonces, mis amistades francesas se mostraban sorprendidas e incluso decepcionadas por mi decisión, pues no entendían qué cosa había en Alemania que no hubiera en Francia, y para mí era muy difícil explicárselo.

Aparte de muchos grandes y pequeños detalles que marcaban la diferencia entre un sistema y otro a favor de la Alemania Oriental, y entre los cuales estaba la calidad de las relaciones humanas en general, especialmente con y hacia las mujeres, había uno, sin embargo, que para mí constituía la síntesis de enfoques y prácticas de vida totalmente opuestas e irreconciliables: me refiero al correo que recibía en el buzón de cada país.

En París, ciudad compleja y cosmopolita, al volver a casa después del trabajo, mi temor más grande era el de abrir cada día el buzón y encontrarme con al menos una docena de cartas que se desparramaban y tenían que ser leídas minuciosamente. Dejando a un lado aquellas que prometían la felicidad si compraba algún producto en cómodas mensualidades, estaba el recordatorio del pago de impuestos, el recibo de la luz, del agua, del seguro médico, del carro, advertencias por el retraso de tal o cual deuda en el banco, etcétera, de manera que bastaban tres días sin abrirlo, para que el buzón se desbordara como una catarata y me hundiera en la angustia o la impotencia.

¡Ah, las bellezas del capitalismo! El ciudadano es un productor de bienes y servicios que vuelve abrumado a casa, pero a cambio puede y debe endeudarse comprando derechos, placeres y compromisos que a menudo están por encima de sus posibilidades. Es a este extraño fenómeno al que se le denomina “libertad individual”, y constituye el mecanismo principal que las sociedades de mercado nos restriegan en las narices para que, de rodillas, las alabemos religiosamente como el sistema más completo y justo que se ha inventado. Es decir, el individuo se vuelve así víctima consintiente de un tipo de vida que lo culpabiliza, lo hiperresponsabiliza y lo desprotege: “Si te lleva la gran puta, chulito, es porque tú mismo lo has querido”.

Yo estaba harto de tanta superchería, de modo que opté por conocer el otro lado de la medalla. En aquellos días se hablaba del comunismo como de un ente terrible y fantasmático en donde no había libertades de ninguna índole porque el Estado era un monstruo peludo que no permitía que la gente tomara sus propias decisiones, una especie de Moloch que arrancaba los niños a sus padres. Recuerdo el día en que llegué contratado por la Universidad de Leipzig a dar clases de español. Me recibieron con mucha amabilidad, me hicieron firmar un papel y me dieron las llaves de mi apartamento con una cierta cantidad de dinero. Le pregunté a un amigo: ¿Cómo es posible que no me hayan pedido ninguna identificación? Él respondió: “Bueno, tú dijiste que eres Raúl de la Horra, no? Ellos no tienen por qué dudar de tu identidad, asumen que dices la verdad”. Me quedé perplejo. Nunca antes en mi vida había vivido tal prueba de confianza.

Lo notable de esto es que, en lo sucesivo, cada vez que abría con temor el buzón de mi apartamento en Alemania, lo encontraba vacío. La alegría que me daba saber que no le debía nada a nadie y que podía sentirme respetado y libre de responsabilidad y de culpa era una sensación que, hasta el día de hoy, sigo extrañando.

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