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Columnistas

De ánimas, tumbas, ojos y zopilotes

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Una vez, leyendo La telenovela de Ana María Rodas, reparé en algo que hasta entonces desconocía: los Neandertales fueron, hace 55 mil años más o menos, los primeros homínidos (de los que se tiene noticia) en enterrar a sus muertos.

 

¿De dónde les vino la motivación? ¿Por qué acostumbramos hacerlo también nosotros? Pirujo hasta la médula, hombre de poca fe, a mi entender el cuerpo ya sin vida es un mero envase vacío: la esencia de lo que somos, de lo que fuimos, desaparece con el último aliento. El resto es materia orgánica nomás, apta para alimentar a los gusanos.

 

Por eso aluciné al conocer, el año pasado, a los bara, grupo étnico asentado en la región de Isaló, al sur de Madagascar. Téngase en cuenta que la mayoría de quienes habitan esa fascinante isla es animista y considera que sus recién fallecidos hacen las veces de intermediarios entre este mundo y el más allá. Así se explica el mimo y la devoción de la gente por las tumbas de sus seres queridos, y así se explica también la imperdonable herejía que supone señalar esas tumbas –cualquiera de ellas– con el dedo. Pasé muy feos ratos por no saberlo al principio y por olvidárseme después.

 

Los bara se toman aún más en serio el trance de la vida a la muerte y tienen por tradición enterrar dos veces a los miembros de su clan. La primera tumba es provisional y se construye para lo que ellos llaman “el alma de la carne” del individuo. Al cabo de dos años la abren para extraer los despojos y trasladarlos, en medio de un sentido ritual, al sarcófago definitivo donde yacen, reunidos, consolidados, los restos de los que ya no están: es el sepulcro familiar, cuya esencia última, “el alma de los huesos”, es para ellos ya no individual, sino indivisible de los demás.

 

Mi cabeza daba vueltas tratando de asimilar las implicaciones de creer en todo aquello. Quedé tan maravillado que no quise juzgar lo que tiene de superstición. En cambio, me dio por admirar el prodigio alegórico, el valor de concebir y elaborar semejante mito, el portento de imaginar las cosas de ese modo. Qué hermosa manera de dar rienda suelta a la fantasía.

 

Tampoco es que el hombre blanco occidental se quede atrás a la hora de inventar charadas. Los católicos, pongo por caso, se comen a su propio dios en un rito llamado eucaristía y veneran al hijo de ese dios, nacido de una virgen y sacrificado por el sumo creador y resucitado al tercer día según las escrituras. La biblia nos habla de serpientes que hablan y de manzanas prohibidas y de ángeles venidos del cielo y de mares que se abren y de diluvios universales y extravagancias por el estilo.

 

Volviendo a la transmigración de las almas, la semana pasada visité un museo arqueológico aquí donde vivo ahora, en la capital de una nación del trópico latinoamericano, no muy lejos de Guatemala. En uno de los salones me enteré de cierto pueblo local, de origen precolombino, cuyos miembros conservan el mismo estilo de vida de antes y practican las mismas creencias que seguían sus antepasados. Al igual que los bara de Madagascar, son animistas y dan por hecho que el ser humano posee dos almas, una en cada ojo.

 

“¿Y qué pasa si alguien pierde uno?”, le pregunté al encargado. “Entonces el alma se mueve hacia el otro ojo”, fue su respuesta. Al cabo de varios días se me ocurrió otra posibilidad: ¿qué pasará si pierde ambos? Voy a regresar sólo para saberlo.

 

No es casualidad –siguió explicando el guía, en referencia a los aborígenes– su fijación por los zopilotes: se sabe que estas aves carroñeras tienen el hábito de comerse a los muertos empezando, precisamente, por los ojos.

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