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Columnistas

El último tango y Bertolucci

opinion

Lado b

La muerte de Bernardo Bertolucci me permite alejar mi cabeza por un rato del delirio de la realidad nacional, y pasarme una tarde indagando en mi memoria cinematográfica para rescatar imágenes, momentos, encuentros, descubrimientos, iluminaciones que configuraron mi visión del mundo y de los seres que lo habitan. Mi vida sin el cine hubiera sido otra, no me atrevo a decir que menos atormentada, pero sí distinta, menos rica en emociones, menos intensa. Nunca me atreví a realizar una película, sea dicho. Desde que puse un pie en una sala oscura, para ver, qué se yo, algo así como La noche de las narices frías (bello título en castellano que supera y en mucho al original 101 dálmatas), supe que mi rol era el del espectador, que esas imágenes estaban allí para fascinarme y ayudarme a descifrar el mundo ¿Qué tiene que ver Bertolucci con todo esto? Bastante, pues a su manera fue uno de los responsables de que yo haya elegido pasar buena parte de mi existencia intentando comprender imágenes en movimiento. De las que sean, desde clásicos de Disney a cine experimental japonés, pasando, por supuesto, por el melodrama mexicano de la época de oro.

Cuando nací y comencé a tener conciencia de lo que era este mundo, Bertolucci ya andaba por su parte tratando de comprender qué era eso de hacer cine. Su mentor: nada menos que Pier Paolo Pasolini, que se lo llevó como aprendiz y ayudante para su primer filme, Accattone. Luego de esta experiencia que, supongo, ha de haber sido reveladora, el discípulo se soltó de la mano del maestro y se dedicó a vivir a fondo los años sesenta, con sus glorias y sus miserias. Se apuntó al marxismo (era hijo de un poeta comunista) y al sicoanálisis y participó de lleno en los acontecimientos de 1968, que lo marcaron para siempre. Antes de su encuentro con Marlon Brando y María Schneider en 1972 con quienes realizaría una de sus obras cumbre, El último tango en París, filmó dos películas magníficas: La estrategia de la araña y El conformista, las dos de 1970. En 1976, vino la monumental (no se puede calificar de otra manera) Novecento, aunque nada presagiaba que 10 años más tarde asaltaría el mainstream, llevándose nueve premios Oscar, entre ellos el de mejor director, con El último emperador, con música de David Byrne y Ryuichi Sakamoto y primer filme en la historia rodado dentro de la Ciudad Prohibida en China. Una superproducción en toda la regla, aunque sin perder la dignidad de un cineasta forjado entre las mejores mentes del neo realismo italiano.

Personalmente, yo me quedo con El último tango…, que hace parte de la trilogía de películas malditas que más hondo me tocaron entre la adolescencia y la edad adulta. Las otras dos son El imperio de los sentidos de Nagisa Oshima e Insertos (Inserts) de John Byrum. Más allá del escándalo y de la crudeza del sexo explícito, hay demasiada belleza contenida en estas tres cintas. Una belleza perturbadora, de acuerdo, que te golpea las vísceras y te hace explotar el cerebro. De cuando el cine se atrevía a indagar en los territorios más oscuros del alma humana y por alguna extraña razón salía ileso. Sublime.

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