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Columnistas

Comunismo y represión en la Universidad San Carlos

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Desde la semana pasada estoy metido de bruces en las páginas de un libro: El rector, el coronel y el último decano comunista (Pilar Crespo y Asier Andrés; F&G Editores, 2013). Lo llevo a medias aún, pero desde ya me atrevo a recomendar su lectura a toda persona interesada en escarbar los episodios más azarosos de la relación entre la USAC y los poderes que, a través del Estado, vienen gobernando de facto en Guatemala desde los tiempos de la Colonia.

 

Ubiquémonos en el año 1972. Tras volver de sus estudios en España y publicar el monumental La patria del criollo, el profesor Severo Martínez Peláez se dedicaba a impartir su cátedra magistral de historia económica de América Central “para que los alumnos ya no tuviesen que escuchar aquello de que todo había comenzado con La Niña, La Pinta y La Santa María, y que Guatemala se había liberado del yugo español en 1821”.

 

Severo, en cambio, explicaba que la conquista fue esencialmente un proceso de despojo económico, que la independencia fue producto de la lucha de clases entre criollos y españoles, que el Estado guatemalteco había sido un invento orquestado para explotar la mano de obra indígena, y que los ladinos vivían un espejismo de país inventado por los criollos para su dominación.

 

Aquellas arengas comenzaban a las dos de la tarde todos los sábados y nadie podía predecir a qué hora terminarían. Los alumnos, hombres casi todos, acudían por cientos, estaban en sus treintas y eran por lo general los únicos miembros de sus respectivas familias en asistir a la universidad. No es difícil imaginar la huella que Martínez dejó en ellos.

 

Para 1975 el plan de estudios de la Facultad de Economía introdujo el Área Común: 16 cursos por los que todos los alumnos, sin excepción, tenían que pasar. (Se trata del mismo principio que la UFM le receta indiscriminadamente a sus matriculados, sean éstos filósofos o médicos, psicólogos o historiadores del arte, nutricionistas o arquitectos, abogados o cineastas; sólo que, en vez de Hayek y Von Mises, en la USAC se impartían los manuales de la Academia de Ciencias de la URSS y los panfletos de Marta Harnecker).

 

El Partido Guatemalteco del Trabajo, prohibido desde 1954, había logrado infiltrarse con éxito en la administración, la docencia y el pénsum de la USAC; pero no por mucho tiempo: la inteligencia militar, la Policía Judicial y los escuadrones de la muerte fueron cazando uno a uno al círculo de militantes universitarios. El resto huyó al exilio. La Facultad de Económicas perdió a todos sus catedráticos veteranos y en su lugar entraron a batear los estudiantes de último año. Eduardo Velásquez, columnista de elPeriódico, recuerda que antes de graduarse tuvo que dar clases en cinco cursos distintos.

 

“Cuando yo regreso en 1990”, comenta Edgar Pape, “los catedráticos no tenían cualidades” y “lo confundían todo”. El carácter científico de la docencia se había perdido. Era el principio de una debacle académica y un desprestigio moral que persiste hasta nuestros días a pesar del esfuerzo de mucha gente valiosa.

 

Hoy, los oscuros zopilotes están de vuelta en el gobierno y arremeten otra vez contra la maltrecha Carolingia. El cultivo del saber, la inteligencia, el pensamiento crítico y las ideas en pro de un mundo más equitativo son –como siempre– el enemigo a liquidar.

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