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Columnistas

Polaricemos (1)

opinion

buscando a syd

Si bien aún no llegamos a una pelea declarada, a un levantamiento qué se entiende, con armaduras y manguales, no podemos empero descartar la posibilidad de que ello suceda incluso muy pronto.

Lo que de momento es una batalla cultural, política, jurídica y mediática (conservadores, arribistas, inconformes, son los bandos incesantes) podría en corto tiempo convertirse en una hostilidad formal. ¿Qué impide que el demonio del conflicto armado se reconfigure, con sus atitlanes de sangre?

De la guerra oblicua que estamos viviendo sería tremendamente fácil saltar a una guerra frontal. La agresión ideológica ya no tiene diques ni paredes. Fue esa misma energía la que cristalizó en más de treinta años de choque.

En la ciudadanía presente hay algunos, muy encendidos, sujetos que incluso reclaman e invocan, desde la inocencia más intacta, alguna clase de beligerancia, confundiendo causa y colisión. Quizá son jóvenes y nunca sintieron el olor sangriento de los cirios. O viejos y ya tienen alzhéimer.

Otros, de rostro más villano y cuero más repugnante, saben que el conflicto es negocio y es poder. Cuando la próxima contienda esté emplazada, yo no olvidaré a todos aquellos quienes la iniciaron de nuevo. Aparte hay que tener muy vistos a esos que, en caso de una nueva guerra civil, lo mandarían, de buena gana, a matar a uno.

Digamos que no tengo ninguna prisa por vivir en guerra. Cierto que no participé en la pasada, pero memorias tengo. Puedo dar fe y testimonio de cómo todavía en mi infancia existían feas hebras interpsíquicas vinculadas a ese miedo y aquel horror (que mutó a otro horror). Secuestro y tortura, por caso, eran espectros aún respirables. En los ochenta e incluso primeros noventa el perfume putreparanoico de la lucha todavía estaba muy presente en el ambiente, y se podía hablar con algunos actores de la misma con cierta intensidad no siempre mitificada.

En la actualidad y de momento puedo escribir y externar abiertamente mis posiciones políticas, sin temor a que nadie venga a descuartizarme. Me pone pronto a pensar en aquellos que no gozaron de semejante privilegio, relativamente reciente. En nombre de ellos, los quemados, los descoyuntados, los enucleados, tendríamos que usar la palabra libre para extender la habitación de la dignidad, contra las cien tinieblas. No demos por sentada la libertad. No la utilicemos superficialmente. No seamos ingratos con quienes la hicieron posible.

Por lo mismo es que no estoy dispuesto a jugar con ciertas metáforas. Con celeridad escalan los putazos. Un archiduque muerto es todo lo que se necesita, según se ha comprobado, para iniciar una refriega cósmica. Más temprano que tarde, alguien disparará el primer tiro. Y eso dará lugar a una larga, sangrienta lid. Misma que terminará en una corta paz.

Corta, en efecto: más temprano que tarde alguien disparará el primer tiro.

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