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Bajo el volcán

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Lado b

Vista desde la ventana, la madrugada del lunes, la erupción del volcán es de una belleza sobrecogedora. El silencio y un cielo estrellado, apenas cruzado por alguna nube, le da a la escena una consistencia irreal, que provoca asombro y, a la vez, pavor. La desoladora sospecha de que grandes bolas de fuego recorren las entrañas de este territorio condenado a la furia de los elementos naturales, condenado al desastre cada vez que se prende la tele o se mira desde la ventana. La erupción es una metáfora de esas iras encontradas en las que nos debatimos desde siempre. Parafraseando a John Lennon, Guatemala es una pistola caliente, una bomba siempre a punto de estallar. Una amenaza constante que hace huir a la gente en desbandada, en una caravana perpetua que cruza ríos, montes, caminos y se esconde tras los matorrales, esperando que le toque la fortuna.

Veo en la pantalla a mucha gente huir de la lava volcánica, tienen mucho susto a lo que pueda venir, a la muerte, al hambre, al desamparo ¿Qué será de ellos? ¿En dónde encontrarán refugio y consuelo? El fuego brota, persigue, mata, también el hambre, la violencia, la pobreza, la falta de futuro… La verdad es que todos tenemos miedo y huimos, aunque no sepamos de qué. Es una amenaza que se extiende, que brota por todos lados. Una sospecha de que este país siempre va hacia lo peor. O hacia “lo menos peor”, pero peor de todas maneras. Lo escucho desde que tengo memoria, cada vez que se acercan las elecciones. Hay que evitar el desastre mayor con uno menor. Eso es en resumen nuestra historia política en las últimas décadas. Por lo general, un montón de impresentables de los que hay que escoger al mejor peinadito.

todas maneras, la próxima elección se ve tan desoladora, que solo un milagro podría salvarnos de la catástrofe. Lo peor de lo peor quiere cobrarse la revancha y lo menos peor no aparece por ningún lado. Si hace dos o tres años todos creíamos poder caminar en la misma dirección, la caravana se ha ido desviando, tropezando, tomando conciencia de que avanzar hacia un país mejor es lo más complicado que puede existir en Guatemala. Ir hacia lo peor es más fácil y, para algunos, mucho más rentable. De esa deriva se han creado privilegios y fortunas. De dónde aquí esa manía de querer caminar derechito hacia un futuro que ya sabemos que no existe.

Hace unos meses leía sobre una estancia de Giacomo Casanova en Nápoles, durante una erupción del Vesubio. La ciudad huele a azufre y a desastre, mientras sus habitantes más afortunados se entregan al saqueo y al vicio. El legendario escritor, al que ya nada asusta, cree de repente estar siendo partícipe del fin del mundo. Le da miedo y quiere huir de ahí. Por alguna razón, recordé esto viendo la erupción del volcán de Fuego la madrugada del lunes. Desplazándome por las calles de esta ciudad, escuchando noticias calamitosas por la radio, me siento a veces Casanova caminando por las calles de Nápoles, con la podredumbre y los malos augurios invadiendo sus narices, presintiendo la catástrofe.

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