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Columnistas

Las luces se apagan

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Yo no sé qué crimen, qué falta grave o qué atropello contra personas o contra la deontología periodística haya cometido Haroldo Sánchez, como para que los dueños y magnates del diario Prensa Libre y del canal Guatevisión, donde él ejercía desde hace varios años la función de director del principal noticiero lo pusieran, de la noche a la mañana, de patitas en la calle.

Resulta que los editoriales que él presentaba cada día eran prácticamente los únicos soportables de entre la abundante basura de programas con pseudo-noticias y entrevistas absurdas o políticamente correctas que ofrece la televisión guatemalteca. Haroldo tenía la propiedad de hacer comentarios valientes y agudos a través de los cuales enfocaba los hechos con una claridad y honestidad que casi nadie ha sabido ejercer en Guatemala, anteponiendo siempre la mirada humana y al mismo tiempo crítica sobre el acontecer nacional e internacional.

Lo he dicho varias veces: el modelo periodístico escrito y televisivo que predomina en nuestro país es el importado directamente de los Estados Unidos, país en el cual, en términos generales, el nivel educativo y la estupidización colectiva son tales, que los “mass media” (bueno, para ser más exactos, los empresarios que los financian) han hecho creer a los ciudadanos de allá -como a los nuestros-, que periodismo es hacer una lista de eventos del día, poniendo énfasis en los crímenes y sucesos escandalosos que podrían inflar la tasa de lectura y de audiencia de los programas. ¿Reflexión crítica, profundización de los hechos, análisis social y político? Silencio. Pan y circo ¡e basta!, como diría Berlusconi, el padre putativo del periodismo posmoderno.

Haroldo Sánchez, con su estilo despeinado y sesentero, pero con una preparación y experiencia rigurosa en las lides periodísticas, sabía extraerle el jugo a los acontecimientos y ponerlos sobre la mesa con sabrosa habilidad literaria, sin jamás caer en la petulancia o en la impostación, mucho menos en la improvisación. Uno sentía que por fin había alguien en el país que llamaba las cosas por su nombre, que se tomaba el tiempo para mostrar los diferentes aspectos y dimensiones de los hechos, y que mostraba un pudor y un afecto casi sacerdotal por el público.

Nunca tuve el placer de conocerlo, a lo sumo nos habremos cruzado un par de veces, intercambiando amables saludos al estilo guatemalteco, con almibarado protocolo y solemnidad. Al principio, cuando recién empezó su labor en Guatevisión, me mareaban sus peroratas (como hoy, en grado superlativo, las de Dionisio Gutiérrez), pero con el tiempo, creo que tanto él como sus oyentes fuimos encontrando la longitud de onda que convenía para establecer esa fantástica experiencia de encuentro a través de la cual hemos ido creciendo poco a poco y ganando en lucidez y sensibilidad.

No sé qué carajos está pasando con el país, pero es evidente que todo se está yendo, como vulgarmente se dice, a la mierda. Perdonen mi latín, pero ¿cómo quieren que lo diga? Todo apunta a que las fuerzas más retrógradas, oscuras y criminales del país, que nos han convertido en uno de los más pobres y atrasados del mundo, están cobrando su revancha, e intentan silenciar a los medios de prensa y a los periodistas que los incomodan. En un tal contexto, uno se pregunta ¿qué hacer para que las luces no se apaguen? El caso de Haroldo Sánchez no es, quizás, sino el preludio preocupante de lo que se avecina.

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