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Columnistas

Aquí nació Freddie Mercury

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EL BOBO DE LA CAJA

[Carta a otro amigo que escribe también desde ultramar]. Estuvimos con Virginia en Zanzíbar, ahí donde nació Freddie Mercury; ¿te conté? Fueron dos semanas, en diciembre del año pasado.

 

Rodeada por el Océano Índico, al este de África, frente a las costas de Tanzania, la isla de Zanzíbar (son dos, en realidad) es un antiguo sultanato que a finales del siglo diecinueve pasó a ser protectorado británico. Antes había sido conquistada por los persas, dominada por los portugueses y anexada a las posesiones del monarca de Omán.

 

Llegamos por aire, en un vuelo desde Etiopía que nos salió baratísimo, y en el trayecto me impresionaron dos cosas: la vista del Kilimanjaro sobresaliendo impetuoso desde la sabana continental, y luego, minutos más tarde, ya en el descenso, la infinidad de tonos entre el blanquecino y el turquesa dibujando las aguas cercanas a la costa: una visión psicodélica, como el diseño raído de una camisa hippie; como una aurora boreal al revés, contemplada hacia abajo, desde lo alto.

 

Nos tocó atravesar, en carro, densas selvas apenas tocadas por la mano del hombre. La cantidad de baches en el camino y la cantidad de policías haciendo el alto, buscando a quién morder, me hizo sentir como en casa. La recompensa la encontramos frente a las playas de Jambiani en un hotelito, de cuatro bungalós, que recién había iniciado operaciones diez días atrás. Elegimos ese lugar sin reseñas ni comentarios, obrando un poco a ciegas, atraídos sobre todo por los precios de introducción.

 

El propietario, un surfista buenísima nota oriundo de Goa, India, andaba por ahí. Media hora después ya nos habíamos hecho amigos. Tanto, que algunos meses más tarde, en abril, pasamos a verlo a su casa, en Dubái, aprovechando la escala que hacía el avión. (La experiencia de conocer ese esperpéntico reload de Las Vegas desde la posición de la clase media que trabaja al servicio del turismo de lujo, y no desde el punto de vista de los magnates y wannabes que llegan a dilapidar el billete en casinos y pistas de esquí sobre hielo en mitad del desierto, merece contarse en otra ocasión).

 

Sigo: pasamos varios días embelesados de cara al mar, contemplando cómo la luz, la ubicación del sol y el nivel de las aguas modificaban el paisaje a cada instante. Transcurrían cinco minutos, levantabas la vista y los colores eran otros. Desde muy temprano en la mañana los hombres salían en pequeñas lanchas a pescar y las mujeres, con sus hijos, aprovechaban las piletas naturales para recoger algas comestibles, buscar alguna conchita llamativa para la venta o cazar moluscos y crustáceos menores. Más allá, dos kilómetros en dirección al horizonte, la barrera de corales; y detrás de ella, los tiburones.

 

Por último visitamos el casco urbano antañón, la Ciudad de Piedra; un auténtico horno, pero súper pintoresca, llena de recovecos y callejones laberínticos. Caminábamos a paso lento para no sudar la gota gorda. Bordeamos los confines y, saliéndonos un poco, pudimos cobijarnos al amparo de un frondoso parque. El verdor circundante y la profusión de la flora estallaban por todos lados embarrándonos, escupiéndonos su hechizo casi líquido. Los atardeceres eran excusa perfecta para buscar la mejor terraza en donde tomar una cerveza.

 

La última mañana, antes de partir, dando vueltas sin rumbo nos topamos con el letrero en la pared: “Aquí nació Freddie Mercury”. Ofrecían boletos para visitar una especie de museo casero que, según pudimos otear desde la puerta, era un fiasco.

 

No entramos.

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