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Hermano gato

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SOBREMESA

Los empleados de casa lo llamaban “el señor”, apelativo que marcaba un distanciamiento por respeto y temor hacia mi padre. Nunca hubo gritos ni malos modos de su parte, solo una mirada fija de águila con sus ojos de azul intenso; un “por favor” seco y contraído antes de pedir algo o un “buenos días” mañanero, raso y por cortesía.

“Ya viene el señor a desayunar”, y, entonces, se oían carreritas para que todo estuviera listo en su puesto de cabecera de la mesa del comedor: la caja de lecha en polvo Carnation descremada, la jarrillita del agua caliente, un vaso y otro pequeño con jugo de naranja recién exprimido.

Sus hábitos eran frugales: cereales sin azúcar para evitar la acidez mañanera y el diario del lado izquierdo. Desayunaba solo, en silencio, leyendo las noticias del día anterior, luego se levantaba de su puesto sin doblar la servilleta y, antes de caminar al trabajo, se lavaba la dentadura de manera meticulosa. “Que le vaya bien, señor”, le decían a su paso, con la vista baja, puesta en el piso de cemento rojo untado con agua de gas.

Por pudor, él rara vez se comunicaba con el servicio doméstico, y tengo entendido que fue hasta que Ángela se instaló en la casa a cuidar a los canarios, que mi padre la enfrentó en una disputa sin término, en los días que los gatos ariscos llegaron a vivir al tejado de la casa.

Ángela tenía el alma libre y eso de cuidar animales enjaulados no le caía en gracia. Una tarde la tomé por sorpresa abriendo las compuertas de las jaula, alentando a las aves a salir volando de su encierro, “salgan, salgan pajaritos”, les decía mientras detenía con sus dedos la puertecita de hierro, invitando a los canarios a remontar vuelo.

“Ángela, ¿qué está haciendo?”, la reprimí al ver aquello, tomándola por sorpresa, y ella hizo como si nada estuviera pasando.

Con la mano, espantó algunas cascaritas de alpiste del suelo de la jaula simulando que la estaba limpiando, y después de vigilar que estuvieran aperadas con agua y semillas, pasó a mi lado entonando entre dientes, uno de sus cantos religioso marianos.

“No me gusta cuidar canarios enjaulados”, dijo Ángela una tarde a mi madre, quien tejía una frazadita en crochet.

“Pues lo siento mucho, Ángela”, contestó siempre práctica en asuntos domésticos: “Y si no estás a gusto en esta casa, me avisas, por favor”.

Ángela permaneció en silencio masticando sus palabras, y antes de retirarse refunfuñó en voz alta: “Entonces como que, la que está enjaulada soy yo”.

Su pelea con mi padre inició pocos meses después de su llegada, cuando, comenzó a imitar a San Francisco de Asís: “El hermano sol está alumbrando bonito el día”, decía por la mañana…, o “cómo amanecieron hoy en su encierro los hermanos canarios”, y una noche, un gato le brincó encima. Se aferró con sus uñotas de felino furioso al saco de lana, bufando y aruñando. Fue una lucha feroz y gracias a los movimientos de brazos de mi padre, el gato se desprendió del viejo casimir inglés, saliendo disparado por los aires, a estrellarse en el viejo armarito de los juguetes.

Mi padre casi muere del susto en aquel inesperado ataque felino mientras el gato atontado, se levantó como un elástico, respondiendo al maternal llamado de Angelita, quien con palabras dulces reclamaba su presencia: “Hermano gato, hermano gato…”.

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