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Los quebrados. – De las innumerables avenidas la única que aún importa es la que me lleva a ustedes, quebrados. Siempre amaré las larvas en sus ojos.

Sucia acera.– Debería agradecerte por bajarme a tiros como un perro. Darte las gracias por no dejarme llegar al día de mañana. Solamente tu arma, y esta sucia acera, son mis amigos.

En las bancas.– En las bancas se sientan las criaturas más singulares, con los acentos más extraños. En las tardes de las blancas bancas, hay extraños infantes con carne en los dientes. Ciertas personas se toman de la mano, en las bancas, aunque el sol atormentado las está quemando vivas. A mí me encanta irme a sentar a las bancas, solo porque sí, y porque hay una banca en particular que me hace reír y me hace llorar. Han querido quitar las bancas de la ciudad. El argumento es que nos hacen improductivos. Pero los amantes de las bancas somos realmente demasiados. Y nuestro propio argumento es impecable: aún sin bancas, nada haríamos.

Mi comadre, la Bruja.– Recibí visita de mi comadre, la Bruja. Muriendo la tarde, confraternizamos. Compartió historias de Brujas famosas, virginales o arcaicas, dulces, hediondas, nobles, diabólicas, vivas o ya quemadas. Mientras bebíamos uno de sus francos fermentos (que ya en términos verídicos me gustó muy poco) hablamos pues de las Brujas, luego de las Fechas, y más tarde del Cazador, del Enastado, y de los 600 miligramos de Belladona que llevaba en el bolsillo. En cierto momento, mi comadre, mi hermana, la Bruja, metió sus largos dedos en su boca tierna, y extrajo de ahí un pequeño escorpión dorado, que puso con gran delicadeza en el vaso vacío. Luego se hizo aire.

El Tímido.– Me gustaría hablarle, pero soy el Tímido. Siento que ayudaría muchísimo no tener este insomnio en donde gasto las horas pensando en alguna forma de hablarle. Mañana entraré a su oficina y nuevamente no diré nada. Ella es eterna; yo, un insecto. Quizás, en lugar de hablarle, debería matarla.

De acuerdo.– Éramos muchas manos en alto, con mucho tesón. Mirábamos el milenio con los ojos abiertos, creyendo en la cosa nueva. Todo por gusto, pues en ese exacto y mismo momento ellos estaban adentro, poniéndose de acuerdo.

K.– En Praga se ven personas muy extrañas. Tomen por caso a ese sujeto llamado Kafka. Recuerdo que lo vi pasar en la calle el otro día, y vigilé su andar mientras lo imaginé escribiendo –el tipo es escritor– algo extraño, bajo una luz mortecina. «¿Cómo está usted, Franz? ¿Qué hace por estos días?». Pareció no reconocerme, iba como carcomido por algo. Pobre Kafka: realmente no semeja un ser humano, se diría. Tiene algo de insecto, más bien: un insecto discreto, neurótico. No me extrañaría que un día se levantara convertido en cucaracha.

Cementerio.– Ya no recuerdo si estoy enterrando o bien desenterrando a esta persona. Tampoco recuerdo si la he matado o no. No podría decir si estoy muerto yo también.

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