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La caravana

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Lado b

En este preciso momento, hay millones de seres humanos desplazándose por el mundo, como tribus nómadas a la búsqueda de agua, alimentos, recursos para sobrevivir en tiempos de calamidad y de crisis. El cambio climático y los malos gobiernos son algunas de las causas. La primera produce sequías o inundaciones, hambre, desamparo, enfermedad. La segunda, más o menos lo mismo, además de guerras, enfrentamientos… La gente huye buscando la sobrevivencia. Es decir, cualquier ser humano quiere abandonar la muerte para abrazar la vida. Pero a los miserables ya no los quieren en ninguna parte. Alteran el orden y la seguridad, como reza un comunicado reciente del Instituto Guatemalteco de Migración (IGM), publicado en respuesta a los casi 2 mil hondureños que partieron en caravana de su país el sábado pasado con la intención de llegar caminando a Estados Unidos. Helicópteros, fuerzas policiacas, guardias fronterizos y hasta uno de los tantos viceministros de Gobernación se desplazaron hasta Esquipulas para impedir que la caminata siga su marcha. “Guatemala no promueve ni respalda la migración irregular en ninguna de sus formas, por lo tanto, rechaza los movimientos organizados con fines ilícitos y que tergiversen o utilicen la figura de un derecho humano, como es la migración para fines particulares”, reza literalmente el comunicado del IGM.

En el mundo en que vivimos, buscar agua y comida para sobrevivir –huir de la miseria, pues– es considerado un “fin ilícito”, una tergiversación de los derechos “para fines particulares”. Las sociedades de la abundancia defienden sus privilegios y no quieren ser molestadas. ¿Cuántos muros contra la pobreza se construyen en la actualidad? No tengo la menor idea. Lo que sí, es que cada vez más nos encierran en territorios condenados. Agujeros repletos de violencia y de penuria, en donde ya prácticamente es imposible respirar. La semana pasada los gobiernos de Honduras y Guatemala se comprometieron en Washington a “desalentar” la migración hacia el norte, hacia la tierra prometida, la que sale en las películas y los anuncios, ahí donde el lujo, el agua, el aire y la alimentación vitaminada están al alcance de todos. Es verdad, esa tierra existe solo en las pantallas, pero para algunos vale la pena intentar el viaje. No piden mucho, a lo sumo un trabajo de mierda para subsistir, un lugar desde donde poder intentarlo de nuevo. Guatemaltecos, hondureños, salvadoreños se abandonan al embrujo de una comida caliente y para todos. El sueño de la prosperidad. El mismo Jimmy Morales lo sabe. Pasó de comer pizza barata, cuando solo era un cómico televisivo –como comentó en los inicios de su mandato–, a gastarse más de 30 mil quetzales diarios en alimentación ya instalado en la presidencia. Por supuesto, todo aquel que tiene la panza llena, quiere permanecer en el lugar en donde le es posible repletarse.

De qué manera podemos desalentar a estos 2 mil hondureños –que bien podrían ser guatemaltecos o salvadoreños– que intentan llegar al país de las hamburguesas gigantescas, cómo hacemos para que se resignen a su suerte. Hacia allá está el peligro, los muros y las armas que frenan el paso. Aquí solo les queda la violencia y el hambre; los helicópteros, los garrotes, los perros que les impiden huir del infierno.

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