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Pavarotti

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SOBREMESA

La casa la recuerdo alegre, llena de luces y de sonidos que marcaban las horas del día. En la mañana, el repique de campanas, el zapateo sobre el asfalto de los cascos de los caballos de la carretela de la lechería San Rafael, y, al final de la tarde, el silbato de la Aduana Central que marcaba el fin de la jornada laboral de los obreros.

La casa se movía al ritmo del tocador del portón que anunciaba a los vendedores de abastos, el señor de las escobas, el de las jaleas o don Julián, el vendedor de las naranjas del jugo que le llamaban “el del ojito”, porque tenía un ojo gacho.

A las diez de la mañana, cuando el Sol había calentado el ambiente y el piso de cemento rojo del corredor se ponía tibio, Angelita sacaba del planchador siempre cálido, las cuatro jaulas de canarios ya arregladas y limpias, y las colocaba en las repisas de las ventanas que daban al patio de las azaleas.

No sé cuándo llegaron los canarios a la casa, pues para mí siempre estuvieron allí, revoloteando dentro de sus jaulas de piso forrado de papel periódico, salpicado de cascaritas de alpiste, columpiándose dentro de sus celdas de alambre, llenando los espacios de trinos festivos, aun en los días más tristes, como sucedió el día cuando tocaron a la puerta de la casa dos personajes desagradables de traje completo, esmirriados y bigote grasoso para ofrecernos gentilmente el servicio funerario de mi padre, y de paso nos informaron de la triste noticia. No los quise dejar entrar a la casa, tragué saliva y cerré la puerta para que todavía nadie se enterara de lo sucedido. Era el principio de la tarde, el Sol pegaba fuerte en el corredor y los canarios cantaban fuertísimo, recuerdo.

Nadie volteó a ver a los canarios, pero todos presentían su presencia y comentaban los trinos: “qué lindo están cantando hoy los canarios, oigan”, comentó alguien a la hora del almuerzo, pero nadie se preocupaba de ellos, de ponerles nombre, de averiguar si cantaban porque estaban locos debido al encierro o si morían de dolor porque las uñas les crecían enrollándose en los palitos de las jaulas.

El último canario que habitó la casa del Callejón Normal llegó como regalo de aniversario para las bodas de oro de mis padres. A mi madre le dio mucha gracia el regalo, un plumífero blanco de buen porte, uñas cortas y pico brillante que mi mamá nombró Pavarotti, haciendo una excepción a la regla. Lo cuidó como si fuera perro, encargándose personalmente de encerrarlo temprano para evitar que se muriera de frío con las heladas de la tarde.

Todas las mañanas Pavarotti salía de la oscuridad y del calorcito de la funda de mezclilla azul con la cual cubrían la jaula en la noche, e iba a dar a una comodita victoriana de regular altura que estaba en el segundo piso, cerca de un pequeño patio, al lado de los tejados de las vecindades.

Desde tempranito el canario daba brinquitos en su jaula y por la tarde se lucía con trinos melodiosos y prolongados que marcaban como reloj la llegada de la noche.

Pavarotti fue el último de los canarios de la casa, después mi madre ordenó esconder la jaula en el último patio y nunca más quiso hablar de canarios. Continuará…

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