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Te atraparemos

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buscando a syd

La lana de las ovejas.– Caminas por el bosque –muy abrigado, porque hay bastante frío– cuando una oveja, de hociquillo tierno, cruza contigo en la ruta desigual. «¿Vienes sola, amiga, dónde está tu pastor?». La cosa más dulce que has visto. Pronto la estás acariciando y la cosa se deja acariciar. No es apenas una: son dos, ya tres, en un segundo estás rodeado por un tropel de ovejas, todas buscando su ración de calor y de cariño. La sensación es de éxtasis, cuando ellas husmean tu mano, en un estruendo de balidos. Tu mano, que ya están mordiendo. Lo cual al principio es como bonito, pero más tarde empieza a ponerse molesto, y al cabo completamente horrífico. Terminarás por aceptar que ya estás en el suelo, que realmente te están desgarrando, que esas son tus tripas sin duda, y esa de veras tu sangre. Deduces que no fue la mejor idea ponerte ese suéter –de lana, pues– para salir a caminar.

 

El Inadecuado.– Por los pasillos limpios del colegio va, siempre solo, el Inadecuado. No se viera adolescente más triste en la historia de toda la humanidad. Pobre perro. Densodark. ¿Cómo consigue mantenerse con vida ese nadie, ese oscurito, ese Inadecuado? Quién lo sabe. Arrastra; pesa; espesa. Todo le cuesta. Pero eso termina mañana. Ya todo está listo.

 

Te atraparemos.– Tus caminos, amigo, son demasiado obvios. Esos mismos caminos te traerán a nosotros. Todos los de tu especie sacrílega son como el apéndice del mundo: una carne inútil, y a ratos molesta. Condenados a desaparecer, serán por nosotros desaparecidos. Así que disfruta la vista: todo acabará muy pronto. Vamos, ¿es eso lo que quieres: jugar al valiente? Ven, pues, con toda tu energía y resistencia. Tal vez piensas que las 5,000 cosas van a cambiar de veras. Figura en tu heroísmo, si tal es tu deseo. Tan ingenuo que es tu ojo, en brillo, y tan tierno: lo sacaremos con más gusto. Uno a uno te mostraremos tus propios dedos, hasta que ya no haya dedos qué mostrar. Tu nombre será olvido.

Sótano.– No me mires así: como si no supieras lo que vive allá abajo. ¿No me estás escuchando? Esas cadenas no van a detenerlo. ¿Qué sed lo devora por dentro para que grite de esa manera? Sabes muy bien que las jarras son cada vez más insuficientes. Es como si una infinita urgencia cucara sus ácidas entrañas. ¿Por qué no nos libramos de él cuando estábamos a tiempo?

Los fetos.– Oh, cariño. No te pongas triste. Y no temas por los fetos. Pues los fetos serán sembrados. Todas sus mutilaciones serán de la tierra. Sus pies y sus órganos y sus ojos innacidos. No, no hay que tener ningún miedo, por los fetos. Los fetos ellos serán plantados con amor, con cuidado. Y árboles de fetos crecerán en el país, y lo harán próspero.

Ajedrez.– Las piezas pesan en tu mano, mientras las pones sobre el tablero anciano, frente a tu hijo que ya no juega. Fue ella la vida la que te dio jaque, cuando lo atropellaron frente a tu casa, el otro día. Las piezas pesan y no pesan: pesan y son bruma.

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