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Ojitos rasgados V

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Y mira tú por dónde, ahora estaba viviendo lo que tanto había anhelado en mis desvaríos de soltero y que apuntaba a  la unificación de los tres placeres más sofisticados que el mundo puede ofrecer: el placer del conocimiento, representado por la presencia de cientos de miles de libros maravillosos en aquella catedral de la cultura, la aventura a la que una misteriosa e irresistible mujer me empujaba como un aullido interminable, interminable (frase ya escuchada en alguna parte), y una cena gourmet que se anunciaba en mi imaginación como el broche de oro ideal para aquel día imperecedero. ¿Qué iba a suceder? Lo ignoro. Pero nuestras manos se habían entrelazado y eso abría una grieta que podría conducirme, si no ponía atención, a la locura. Que era, reconozcámoslo, lo que esperaba desde hacía siglos.

Marianne se veía nerviosa al volver, pero trató de disimularlo:

-Voilà, vous êtes tout seul, Monsieur? (¡Ve pues, el señor está solo!)

Le seguí la corriente:

-Je vous attendais, Madame. En fait, je vous attends depuis toujours…! (La esperaba. De hecho, la he estado esperando desde siempre…)

Marianne enrojeció de nuevo y me clavó sus ojos. Esta vez fui yo quien bajó la vista.

Para aligerar la atmósfera, hablé de mis actividades académicas, de mi admiración por los gatos y de mi pasión por la magia, puesto que en mis ratos libres invento ilusiones y hago trucos. No soy un mago excelente –expliqué–, pero me encanta constatar la facilidad con que los humanos nos engañamos a nosotros mismos y me fascina verlos comportarse como niños deslumbrados.

-C’est vrie? ¿Tu peux me faire maintenant un truc alors? Je veux voir! (¿Me haces entonces un truco ahora? ¡Quiero ver!)

Me agarró en fly, es decir, en calzoncillos. Lisette, la jefa del restaurante que trabaja allí desde el inicio de la librería hace veinte años, nos miraba sorprendida desde un rincón del mostrador, pues desde que frecuento el lugar nunca me había visto acompañado de mujer alguna, quizá pensaría que yo era gay y me descubría ahora acaramelado con una modelo asiática, de dónde la habrá sacado –se preguntaría–, claro, Don Fede –como ella me llama–, siendo mago, ¡se la habrá sacado de la manga! Lo cierto es que la diferencia de edades entre la china y yo apenas se notaba o no despertaba suspicacia porque ambos teníamos planta de extranjeros, la chinita era un pedazo de mujer de mi tamaño y su aire desenvuelto y cosmopolita hacía que las edades se confundieran y fueran irrelevantes. Por lo visto, también Lisette estaba fascinada por el sortilegio de aquella mujer.

–Te haré uno, pero después. Si no te importa, podríamos cenar aquí, tienen un excelente menú y muero de hambre. ¿Tú no?

Empezaba a caer la tarde y a todo esto habían pasado casi tres horas sin interrupción, dos cafés y dos copas de vino por persona, y entonces uno cree que la vida le pertenece y que no acabará nunca, que todo es posible y que de allí nos largaríamos al aeropuerto para tomar el último vuelo hacia Estambul, simplemente porque la imaginación es poderosa y en mis fantasías siempre quise ir a Estambul acompañado de una violinista, pues estar frente al Bósforo sin compañía es como ir a una pista de baile sin pareja.

–No hay problema, Jacques vuelve mañana de un curso en Antigua Guatemala y mi hotel está a tres cuadras, nos hospedamos en el Mercure.

–No te preocupes, te acompañaré –balbuceé, con voz temblorosa.

Pedí a Lissette que nos preparara la cena: una sopa húngara de champiñones y una ensalada de rúgula.  Marianne encargó raviolis a la napolitana, mientras que yo opté por una chuleta de cordero con papitas y choux de Bruxelles, lujos que no suelo darme pero que hoy los dioses me autorizaban. Que tuviera listo todo para dentro de media hora más o menos, que estaríamos al lado, en la sección de literatura, le advertí.

Continuará…

 

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