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Columnistas

Para arrancar de raíz la desigualdad

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EL BOBO DE LA CAJA

Ojo: no es lo mismo desigualdad que diferencia. Todos somos distintos, y nada hay de raro (ni de malo) en eso; pero no todos tenemos por qué ser (ni todos somos) desiguales. Que no lo confundan. Traté de explicarlo en el capítulo 4 de un libro que escribí el año pasado. Se llama El país más feliz del mundo, habla sobre la desigualdad en Guatemala y –a quien le interese– está disponible en librerías y bibliotecas.

Investigando el fenómeno caí en cuenta de la cantidad de bibliografía disponible sobre la desigualdad, y me percaté de que casi toda ella aborda el asunto bastante a la ligera, defendiéndola o atacándola –según el caso– como quien pretende agarrar el rábano por las hojas, eludiendo realmente lo medular.

Y es que no es fácil aceptar que la desigualdad es un problema, ni reconocer que ese problema merece nuestra atención. Tampoco es fácil venir a descubrir que la desigualdad (me refiero sobre todo a su explosión desmesurada) tiene su origen en el sistema mismo que nos rige. En dos platos: el capitalismo genera desigualdad. Sobre todo el capitalismo en su fase actual. Intento desmenuzarlo en el capítulo 7.

No es fortuito entonces que el neoliberalismo, esa poderosa ideología de reciente cuño, sostenga mañosamente que la desigualdad es un fenómeno “natural”, lo mismo que la pobreza. Su proyecto es ése, precisamente: naturalizar una serie de procesos y fenómenos provocados (y, por lo tanto, evitables), hacerlos ver como si fueran ‘normales’ y hasta deseables; y, de paso, desdibujar hacia atrás el trazo de sus causas, así como negar hacia adelante sus perniciosos efectos.

Al respecto cabe destacar que el capitalismo ha conocido detractores ajustables en dos categorías principalmente: aquellos que pretenden atenuar sus efectos (llamémosles socialistas), y aquellos que se proponen abolirlo por completo (esos serían los comunistas). Los primeros, a fuerza de sostener pulsos vehementes, prolongados durante décadas, han logrado conquistas notables, como la reducción de la jornada laboral, la pensión por desempleo, las vacaciones pagadas, el goce de aguinaldo, la cobertura médica por enfermedad o parto, la indemnización por despido y el sueldo por jubilación, entre otras.

Garantías, todas ellas, hoy por hoy pendientes de un hilo, si no es que suprimidas ya, como efecto del acorazamiento de los dueños del capital, que cierran filas y presionan gobiernos a fin de ‘liberar’ (léase: suavizar) las leyes laborales ante el embate de las crisis financieras ‘ocurridas’ (léase: provocadas) de diez años para acá.

Los segundos han seguido tradicionalmente la vía de las armas, el choque violento, la guerra de guerrillas, la toma del poder por la fuerza. Su reputación es nefasta, sobre todo ante el estrepitoso fracaso del experimento soviético, y sus logros son al día de hoy tan aislados como descoloridos en un escenario global en el que los ultra-mega-multimillonarios, para colmo, mantienen la hegemonía de los medios de comunicación y de la política.

He ahí el conflicto con la desigualdad: podemos mitigar sus efectos (el hoy desfalleciente y controvertido Estado de bienestar es un claro ejemplo de ello), pero no resolverlos del todo. No sin pulverizar lo que el capitalismo, en esencia, es; desmantelando, de paso, todo su andamiaje intrínseco de procesos de producción, regímenes de propiedad y relaciones de poder.

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