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Don Racararraca

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SOBREMESA

La última de las capillas funerarias de las catacumbas de la Catedral está habitada por personajes famosos y mártires. Allí comparten su última morada, entre otros muchos, sin importar sus antiguos credos políticos, dos antiguos oponentes, el guerrillero Serapio Cruz, decapitado en Palencia en 1870 por defender las ideas liberales, y el caudillo conservador y declarado presidente vitalicio de Guatemala, Rafael Carrera, quien murió solo, en ejercicio del poder, un Viernes Santo 1885, aquejado por los intensos dolores en lo que se supone fue un cáncer estomacal.

Rafael Carrera gobernó Guatemala como si hubiera sido monarca o cacique de pueblo. Fue repudiado por las huestes liberales señalado de inculto, cachureco, retrógrado y bandolero, mientras para sus seguidores era como el paladín de los conservadores, defensor de la Iglesia católica, de las clases privilegiadas y de los campesinos indígenas, quienes durante su mandato mantuvieron las tierras comunales, y, en general, los católicos, conformando el statu quo.

Varios sucesos afectaron el gobierno de Carrera: la guerra de Secesión de Estados Unidos y el fortalecimiento del poder y presencia inglesa en el área. La ocupación de Estados Unidos en México y la consecuente pérdida de una extensa porción de su territorio.  La “fiebre del oro” en el Oeste de Estados Unidos y la invasión filibustera de William Walker, (quien llegó a Nicaragua acompañado del coronel Louis Schlesinger, mi bisabuelo), a colonizar.

Carrera fue militar de carrera y caudillo por mucho. Principal protagonista en 1840, cuando bajo su mando derrocaron al ejército separatista del Estado de los Altos, y a las huestes salvadoreñas, quienes deseaban implantar la hegemonía liberal en la región.

Rafael Carrera nació en uno de los barrios marginales de la joven y nueva ciudad de Guatemala, cerca de la iglesia de la Candelaria, en 1814. De origen humilde, Carrera era mestizo, despreciado por muchos por sus orígenes indianos y por su procedencia de familia de iletrados.

  Después de su estadía en el ejército en donde mamó las ideas conservadoras, el joven Carrera deambuló por el interior del país, tal como si fuera un personaje de la literatura picaresca: trabajó para una mujer de dudosa reputación y para un francés cultivador de cochinilla que le enseñó modales. Viajó con los arrieros de Oriente vendiendo mercancías y ganado, y fue notable por su habilidad para jugar las barajas. Carrera se asentó en Mataquescuintla, Jalapa, y se dedicó a comprar y vender cerdos en el mercado. En esta ciudad contrajo nupcias con la hija del terrateniente del pueblo, Petrona García, mujer de armas tomar, valiente y emprendedora en los negocios, quien, motivada por los celos, acompañó siempre a su marido en el campo de batalla para cuidarlo de las mujeres.

Su mandato, caracterizado por un férreo autoritarismo, se le conoce como el Gobierno de los Treinta Años, en cuyo tiempo mandó a construir el Teatro Carrera, para la ópera y el bel canto.

 Sus fanáticos lo llamaban Caudillo Adorado de los Pueblos, y la gente común por el apodo de Racararraca, imitando el sonido de su apellido o por el carácter rascado.

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