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Columnistas

La infancia es un invento

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Nociones como “infancia” y “adolescencia” (y otras que no menciono) son, de hecho, inventos o construcciones intelectuales relativamente recientes de las sociedades modernas, las cuales han ido definiendo y precisando, en siglos recientes, lo que entienden por tales términos. Y es que antiguamente –y todavía hoy, en las aglomeraciones humanas marcadas por la vida rural y por un pobre desarrollo intelectual y cultural–, los niños eran considerados más bien como personitas que realizaban tareas útiles a la comunidad y que se hacían adultos prácticamente de golpe al llegar a la pubertad y empezar a reproducirse.

Es lo que comprobamos todos los días en nuestra sociedad semi-feudal, sobre todo en el campo, donde la infancia y la adolescencia prácticamente no existen, en especial cuando no hay una escolarización adecuada y sostenida. Es el caso escandaloso de una pareja de jovencitos del departamento de Jutiapa, sobre la cual esta semana los noticieros nacionales hablaron poniendo el grito en el cielo: Él, de 13 años, futuro padre. Y ella, de 12 años, futura madre embarazada de cinco meses. Un panorama dramático y demasiado frecuente en nuestro país, que es el país de América Latina que más embarazos prematuros presenta.

La dama que realiza dos veces por semana tareas domésticas en mi casa es originaria de Mazatenango y me cuenta que en su juventud, hará unos veinticinco años, era normal que las niñas quedaran embarazadas siendo jovencitas. Su madre, por ejemplo, la tuvo a ella –que fue la tercera de ocho críos– a los dieciocho años, habiendo parido al primogénito a la edad de catorce, cuando el padre tenía diecisiete. Excepcionalmente, sus papás fueron una pareja estable que supo garantizar cierto equilibrio económico y una escolarización elemental a los hijos dentro del casco del ingenio de azúcar donde ambos crecieron como peones en condiciones de vasallaje que, según ella cuenta, con el correr de los años, en lugar de mejorar se degradaron, por lo que tuvieron que emigrar a la capital.

El problema –me explica– es que en los ranchos era, y es frecuente, que padres e hijos duerman en la misma habitación y hasta en la misma cama, de modo que los niños, desde pequeños, en la noche, son testigos de las calistenias amorosas de los papás. Entre semejante promiscuidad, no es de extrañar que la sexualidad sea un elemento dominante en el horizonte de los niños y de los jóvenes. El marido de ella, que es originario de una población cercana al ingenio, cuenta que a la edad de ocho años había en su aldea dos niñas de aproximadamente diez años que lo molestaban a menudo y le pedían, como juego, que se bajase el pantalón para mostrarles “su cuento” y “hacer de aquello”. Él, asustado, salía despavorido.

Todo lo cual hace que si una chica en el campo llega a los veinte años y no se ha casado aún o no tiene hijos, es común que le arrojen comentarios despectivos del tipo “ya la dejó el tren”. Estamos pues, ante un fenómeno propio de sociedades primitivas poco desarrolladas y con un nivel educativo y económico bajísimo. La educación en general y la educación científica en particular, es decir, el conocimiento y el saber, son los únicos remedios eficaces contra la ignorancia, la superstición y la religión que constituyen, junto con la pobreza, los pilares esenciales que hacen que en nuestro país  no exista, para enormes masas de población, una infancia y una adolescencia reales, y que la vida sea, para la gran mayoría, un pozo sin fondo pletórico de carencias y miserias sin nombre.

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