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Columnistas

Las variantes ilustradas

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Lado b

Mi tío abuelo Constantino era hombre de pocas letras, pero de un gran respeto por las palabras. Campechano y un tanto rudo, su biblioteca se reducía a algunos viejos ejemplares de la revista Luz –todo lo que usted quería saber sobre el sexo y jamás se atrevió a preguntar–, dos o tres tratados de trigonometría, un antiquísimo curso para aprender francés y el Pequeño Larousse Ilustrado, un volumen que veneraba y que aseguraba haber leído completo por lo menos tres veces en su vida.

Una vida que se la pasó recorriendo terrenos de su propiedad entre El Rancho y San Cristóbal Acasaguastlán. Ahí sembraba tabaco, limones y mantenía unas cuantas vacas lecheras. Por las tardes, buscaba la sombra y resolvía problemas de matemáticas y por las noches, se entregaba a las delicias del diccionario. Esto hasta que descubrió la TV y se aficionó a las telenovelas venezolanas.

Leía el Larousse en orden, letra por letra, palabra por palabra, siempre buscando el término extraño, el significado absurdamente chistoso. Reía a carcajadas cuando encontraba, por ejemplo, que “culo” quería decir “conjunto de las dos nalgas”.

Un libro que contenía tantas cosas y que además era guardado con tanto celo, picó mi curiosidad de niño, por supuesto. Pasé mis vacaciones de segundo primaria expurgándolo clandestinamente, como si de pornografía se tratara. Los significados me parecieron demasiado oscuros y la diagramación un tanto tediosa, hasta que di con La Venus del Espejo, de Velázquez, una generosa ilustración que aparecía entre las palabras como una especie de encanto. Gasté muchas tardes observándola hasta el cansancio. Fue mi primer contacto con la masturbación y con el arte. Debajo de una mesa, con el calor abrumador de un pueblo dormido en el fin del mundo.

****

Entre 1751 y 1772, Diderot, Voltaire y Rousseau, entre otras inteligencias privilegiadas, se dieron a la tarea de ordenar alfabéticamente todo el conocimiento universal en 28 volúmenes a los que le dieron en su conjunto el nombre de Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios. Esto sería el mayor hito de la llamada época de la Ilustración, un poderoso instrumento para la lucha contra el oscurantismo político y religioso.

Desde Diderot y sus secuaces ha habido infinidad de enciclopedistas en mi vida, comenzando por los para mí anónimos y entrañables autores de El Tesoro de la Juventud. Conviví con ellos toda la escuela primaria y me ayudaron a resolver tareas escolares y dudas casi metafísicas: “¿De qué color es el aire?”, por ejemplo.

Tuve el honor de conocer, sin embargo, a uno de los enciclopedistas más extravagantes que han ostentado el título. No me acuerdo cómo se llamaba, pero le decían el violón. A diferencia de sus ilustres antecesores franceses, este no pretendía encerrar el conocimiento humano en uno o varios libros, sino en las cuatro paredes de un cuarto. El suyo, para ser más precisos. Ahí ordenó, durante buena parte de su vida, todos los papeles habidos y por haber que se cruzaron en su camino: almanaques, periódicos, revistas, volantes, manuales, cromos de santos, de símbolos patrios, de futbolistas y de mujeres en calzoneta, recetas de cocina, novenas, Selecciones del Reader’s Digest, discos de Agustín Lara y de los coros del Ejército Rojo, callejas, chistes del Santo, del Príncipe Valiente y de muchas vidas ejemplares, biblias ilustradas, libros atrevidos, toda la colección de Vargas Vila (para él, “el Divino”), programas de cine y de corridas de toros…

Hoy lo recuerdo y me pregunto, qué hubiera sido de mí, de nosotros, escueleros holgazanes e ignorantes, sin toda esa memoria…

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