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El puto amo

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¿Quién en nuestro país puede negar que el guaro es el puto amo, la columna vertebral, el centro de gravedad alrededor del cual gira todo lo que constituye la esencia del ser guatemalteco? Casi no hay en el mundo otro país donde el alcohol sea la substancia más utilizada para, por un lado, desinhibirnos y hacernos sentir que somos “alguien” y, por el otro, aceitar los engranajes de la sociabilidad. Sin guaro no hay sueño ni sosiego, no hay curiosidad, no hay audacia, no hay amistad, no hay deseo, no hay alegría, no hay baile, no hay emociones, no hay conversación, no hay acuerdos, no hay poder, no hay nada. Sin guaro, es como si nos quedásemos sin padre, sin sostén, sin vínculo, sin muleta. Constituye nuestra religión, nuestro tótem, nuestro dios.

Digo esto, porque es un tema recurrente entre las personas que vienen a terapia, sobre todo hombres, aunque también hay involucradas cada vez más mujeres jóvenes que, por un equivocado sentido de la igualdad o de la competencia, se han vuelto también alcohólicas. De diez pacientes masculinos que frecuentan mi consultorio, un promedio de cinco tienen algún grado de dependencia hacia el alcohol, y a menudo también hacia otras drogas, adicción adquirida desde los años de escuela. Dicha situación  ha llegado a convertirse en parte constitutiva de su funcionamiento social, y hasta su entorno inmediato la ve como normal. Sin embargo, aunque los pacientes afirman controlar la ingesta de alcohol, cuando empiezan a beber no pueden detenerse y beben sin medida, sin poner un límite. Una constatación: la mayoría de ellos son hijos de un padre alcohólico, a menudo ausente.

Comento esto por dos razones: la primera, porque hace dos meses perdí a un amigo talentoso que murió en un accidente de tráfico al volver de una fiesta en estado de ebriedad (al parecer se durmió y fue a estrellarse contra un poste), desoyendo mis advertencias sucesivas al respecto. Por fortuna iba solo, y nadie más salió herido o muerto, pero los daños psicológicos y materiales para la familia son inmensos e irreparables. El problema es que estos accidentes suceden cada semana y reproducen casi siempre el mismo guión: los chicos creen controlar la situación, incluso hay idiotas que afirman que  “cuando se está bolo se maneja mejor”, y padres que lo consienten o que no saben ejercer esa mezcla de comunicación y disciplina, de empatía y firmeza que son necesarias para enseñarle a los hijos el sentido de la responsabilidad.

La otra razón es porque hace un par de semanas me encontré en un restaurante con un grupo de personas que celebraban alguna victoria de fútbol, y el líder del grupo, un conocido mío bastante “entonado”, al verme me abrazó muy efusivo y me invitó a tomar algo. Yo tenía prisa y no deseaba quedarme, así que saludé a todos y me despedí, pero el amigo en cuestión insistía y me atenazaba con fuerza el antebrazo para impedir que me fuera (gesto típico del bolo que necesita alero, como decimos), a lo cual solicité con voz amable pero firme que me soltara y respetara mi decisión, lo que hizo, no sin antes emitir comentarios tontos y ofensivos sobre mi persona. Lo que me permitió comprobar, una vez más, que en efecto, el guaro es el papito absoluto de nuestras conciencias. ¿Entonces es así, borrachines e inconsecuentes que pretendemos cambiar el mundo? ¡Qué ingenuos y pendejos que somos!

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