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Columnistas

Por una Asamblea Nacional Destituyente

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

No hay nada más caro para un país que condenar a sus ciudadanos a la improductividad y el subdesarrollo. Eso cualquiera puede entenderlo, ¿cierto?

Un pueblo desnutrido, ignorante, supersticioso, descoyuntado, con la estima por los suelos y la bota del autoritarismo en la nuca desde hace siglos, sin oportunidades básicas (acceso a la tierra, al trabajo, a la salud, a una vivienda digna, a una educación de mínima calidad, a ciertos recursos tan elementales como el agua), sin identidad propia y, para colmo, enfrascado en añejas relaciones de discriminación es un pueblo a merced de las crisis en espiral y de los mal llamados “desastres de la naturaleza”.

Sumémosle a ello los altísimos niveles de inquina y de desconfianza mutua que afloran en la esfera política, y añadamos el debate de sordos que de un tiempo a la fecha polariza a la sociedad influida por los medios masivos. Así las cosas en este patibulario shithole.

¿Queremos hacer de Guatemala un lugar próspero, seguro, armonioso y sustentable? No habrá cómo lograrlo a menos que converjamos todos, o la mayoría de nosotros, en una agenda de compromisos básicos. Quienes opten por desoír el clamor que nos lanza el perenne “Estado de calamidad pública” (y privada) lo lamentarán más temprano que tarde.

Algunos evaden el problema con la excusa fácil de que ya todo está perdido: sin intentarlo siquiera, tiran la toalla. Otros cierran los ojos, extienden los brazos al cielo y se encomiendan a la voluntad de dios, sin ver que las tuercas que mueven el mundo están en manos de poderes del más acá, no del más allá.

Y otros, peor aún, niegan los hechos y defienden lo indefendible en su afán de seguir lucrando como hasta ahora, abonando a la impunidad, burlándose de la gente, robándonos el derecho a un presente, a un futuro. El llamado pacto de corruptos es tan sólo la expresión más obvia y más grotesca. Atrás están los titiriteros. Los hilos, ocultos a simple vista, delatan hasta dónde llega la podredumbre, la cuantía de los intereses en juego, lo difícil que será limpiar esa cloaca inmunda.

El resto tenemos que hacer mancuerna y convergir, repito, en una agenda de compromisos básicos. El primer objetivo, indispensable para todo lo demás, es sacar a las ratas del Congreso mediante una Asamblea Nacional Destituyente. Sólo entonces se podrá legislar –¡por fin!– en beneficio de las mayorías representadas, no de las minorías perpetuándose en su contubernio de exclusión y privilegio.

¿Jimmy Morales? Un monigote. Un actor representando el papelón más deplorable de su ya de por sí insípida carrera. Vean lo que ese pobre diablo es capaz de decir y desdecir, hacer y deshacer, torcer y retorcer en nombre de las lacras que le soplan el guión.

¿La lucha contra la corrupción? Así definida resulta peligrosa y hasta contraproducente. Hay que ser muy cándido y también algo hipócrita para asumirse como virtuoso paladín de una justicia químicamente pura. Ceder a ese juego provoca fracturas y abre falsos debates entre los que se creen buenos y los que tienen fama de malos. Divide y vencerás. Justo lo que quiere el enemigo.

Más adelante viene lo difícil: construir un país con instituciones fuertes a cargo de funcionarios probos al servicio de una ciudadanía dispuesta no sólo a pagar más impuestos, sino a vigilar escrupulosamente su debida ejecución.

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