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Viajar es vivir

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Lado b

“Viajar ha dejado de ser divertido”. La frase pertenece a Susan Sontag, y se la dijo a Bárbara Probst Solomon durante un vuelo trasatlántico. Palabras que uno imagina resultado del cansancio o del agobio, aunque, viniendo de una de las más ilustres viajeras de la segunda mitad del siglo XX, no dejan de ser perturbadoras.

Hasta los años ochenta –es decir hasta el momento en que el globo terráqueo dejó de ser un conjunto de lugares en la medida de lo posible diferenciados y fue convirtiéndose paulatinamente en una cadena interminable de hoteles, resorts, malls, cajeros automáticos y restaurantes de comida basura– viajar, según los entendidos, tenía mucho que ver con la aventura. El mundo era un lugar para explorar y descubrir, repleto de costumbres insospechadas.  Montarse a un bus o a un avión era marcharse hacia lo desconocido. Aquellos que llamábamos trotamundos, y hasta los agentes viajeros, tenían cierta aura de glamur y de misterio. Ese “algo” que les daba el hecho de haber visto o vivido lo que ambiguamente se calificaba como “otras cosas”. Era “gente diferente”. Diferente, por lo menos, a esa cola de hombres y mujeres iguales y abrumados que invaden actualmente los aeropuertos con sus valijitas de ejecutivos.

Me acuerdo haber crecido totalmente fascinado por los relatos de un tío que me juraba haber estado en la China. Me hablaba de manjares (esa era la expresión que usaba), de lugares insólitos y de mujeres extravagantes. Yo soñaba y soñaba, aunque en el fondo sabía que el trayecto más largo que había hecho en su vida había sido a Esquipulas. Pero no importaba, el viaje en aquellos tiempos heroicos –antes de los paquetes vacacionales– tenía siempre la consistencia de lo imaginario.

No hay mucho que imaginar en la actualidad, a lo sumo el sabor del pollo frito en África, o el color que tendrán en los hoteles de Hungría los frasquitos de champú.

****

Viajar es vivir. Creo que eso lo dijo una vez el Dr. Juan José Arévalo, y se convirtió en un lugar común en el que insistían, aún si no venía al caso, aquellos locutores de antaño, de voces engoladas y solemnes.

Supongo que el doctor se refería a que viajar era –nótese el uso del imperfecto– involucrarse en otro tipo de realidades sociales y culturales y en una serie de vivencias intensas que podían llegar a cambiar nuestra visión de las cosas. Viajar era partir hacia lo desconocido, lo sorpresivo, lo imprevisible. Hacia nuevos paisajes, olores, y sabores.

La posmodernidad, sin embargo, nos ha cambiado radicalmente la perspectiva. El mundo ha dejado de ser diferente y se ha vuelto repetitivo. Además de incoloro, insípido y aséptico. Uno parte de un aeropuerto x y aterriza en uno absolutamente igual, con guardias de migración igual de patanes, con turistas igual de despistados, con indicaciones igual de oscuras.

Cada vez que pongo un pie en una terminal aérea exclamo: “Se parece a la de…” Y ahí me entra un bloqueo. Busco desesperadamente en mi memoria el parecido y lo único que encuentro es una especie de bruma. Y es que en realidad no se parece a ninguna, sino que es igual a todas. Cómo son iguales los cuartos de hotel, las televisiones, los canales de cable, las hamburgueserías, la musiquita de los ascensores.

Los seres humanos, especialmente los nacidos en Guatemala, le tenemos terror a la desterritorialización y a la diferencia. Ansiamos a gritos un trago de Indita en el Japón y un Tom Collins en Chichicastenango.  Que no es lo mismo, pero es igual, diría la canción.

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