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Columnistas

Tierra de temblores y fuego

opinion

SOBREMESA

A eso de las seis de la tarde del 27 de agosto de 1771, los moradores de la capital de Santiago de Guatemala, hoy La Antigua Guatemala, corrieron despavoridos de sus casas a refugiarse en la Plaza de Armas, alertados por los retumbos y fuego incandescente que bajaba en bocanadas del volcán de Fuego.

 

En la Plaza, la gente reunida contempló perpleja la furia del volcán. Inmensas correntadas de lava y bolas de fuego rodaban por las faldas verdes del volcán mientras la tierra no dejaba de agitarse en sucesivos temblores de tierra. A lo lejos, en dirección de la ermita de Santa Lucía, se escuchaban los aullidos de los coyotes que habían bajado del monte, que en el decir de la gente parecían más bien lamentos.

 

Con la llegada de la noche, las personas comenzaron a recitar las letanías y rezos para espantar la tragedia, mientras los más piadosos del reino imploraban al cielo, hincados, encerrados en sus celdas de clausura perjurando que aquello solo podía ser un castigo divino.

 

Entonces, las autoridades eclesiásticas con el Cabildo y el Ayuntamiento organizaron una rogativa de penitencia acompañada por una procesión de sangre por la ciudad para redimir las culpas de sus moradores y pedir perdón a Dios por sus pecados.

 

El 19 de septiembre en medio de temblores y retumbos salió por la puerta de San Buena Ventura de la iglesia de San Francisco El Grande la llamada procesión de Sangre. Abrió la marcha procesional con la salida de los hermanos de la Tercera Orden Seráfica de Penitencia, vestidos con sus largas túnicas azuladas, listos a expiar culpas ajenas.

 

Un hombre cargaba el crucifijo y otros dos, los ciriales. Luego venía una turba de penitentes o nazarenos, con las caras cubiertas con capirotes morados, llevando amarrados al cuerpo ásperos y puntiagudos silicios. Un grupo de hombres cargaban pesadas cruces, y otros penitentes se flagelaban con “duras disciplinas”, como ensartarse espinas, darse chicotazos, todas cual más dolorosas. El cortejo era larguísimo, compuesto por dignatarios del Ayuntamiento y de la Corona con sus regidores y síndicos vestidos de gala de paño rojo e insignias de plata. Asistió el clero secular y regular, y el Señor Obispo, escoltando la procesión de la Virgen de los Pobres.

 

Un murmuro de rezos, plegarias, letanías y quejas dolorosas acompasados por el golpe seco y solemne del tamborón, recorrió por muchas horas las calles de Santiago.

 

Cuentan las crónicas de la época que en aquellos días se sucedieron muchos milagros gracias a las oraciones y las rogativas del pueblo. Sin embargo, el embate de los temblores dejó su huella en los muros de las iglesias, conventos y casonas de la ciudad, mientras los más ancianos y sabios de aquel reino, predicaban a diestra y siniestra, en las esquinas, en los portales, calzadas, ermitas y tras el enrejado de los balcones, que gracias al arrepentimiento de la gente y a la infinita misericordia de Dios, los temblores se habían calmado. Eso sí, no por mucho tiempo, porque el 29 de julio de 1773, la ciudad de Santiago sucumbió ante los temblores de Santa Marta.

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