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País feudal

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Siempre, cuando suceden tragedias como la que aconteció el domingo pasado a raíz de la erupción del volcán de Fuego, tragedias que suelen repetirse de una u otra forma cada 13.3 meses según el cálculo del consultor Félix Alvarado, se revela la inmensa vulnerabilidad –por no decir orfandad– en la que vivimos los guatemaltecos, sobre todo aquellos que han sido marginados social y económicamente desde hace siglos y que habitan en zonas de alto riesgo y carecen de posibilidades concretas para obtener los servicios (salud, habitación) esenciales, además de un trabajo que les permita vivir con un mínimo de dignidad. El noventa por ciento de las poblaciones vulnerables de Guatemala son personas pobres, excluidas del pastel que conmemora cada 15 de septiembre la famosa “independencia”, cuya realidad es válida solo para una ínfima minoría.

Las crisis originadas en estos desastres nos muestran, por un lado, la ausencia de un Estado rector que tenga medios económicos, visión y voluntad, y por el otro, el desamparo de la población civil, en particular de aquellos que viven por debajo de la línea de pobreza, que son el sesenta por ciento de los diecisiete millones de habitantes que ya somos. De modo que el sistema que rige prácticamente casi todas las relaciones, tanto económicas como sociales, y las relaciones familiares e interpersonales, es la anarquía, o sea, la ausencia de un proyecto global incluyente de país que sea algo más que un panfleto llamado “Constitución”, así como el no respeto de las leyes existentes, pues las únicas que han tenido vigencia han sido las dictadas por el capo del pueblo o por el pícaro de turno. O sea, este es un país casi feudal, cuyo modo de funcionamiento recuerda a las sociedades y Estados del siglo XIII y XIV en Europa, donde las poblaciones debían arreglárselas como pudieran en función de su Señor feudal que fungía como “dueño”.

Impacta la generosidad y entrega espontánea de la población para ayudar a los damnificados. Sin embargo, esto se repite cada vez, sin que al final, nada cambie. Como dice Félix Alvarado en su artículo “Lo urgente y lo importante” (Plaza Pública, 6 de junio de 2018): “Rompe el corazón que deban hacer siempre lo mismo con la misma escasez y ante la misma mezquindad. Van 42 años desde aquel 4 de febrero de 1976 y seguimos construyendo mal. Son ya 20 años desde que nos anegara el Mitch y seguimos viviendo en mil El Cambray II. Cae la ceniza sobre las laderas porque, ¿dónde más habría de caer? Pero seguimos justificando que la reforma agraria es cosa de comunistas”. Andrés Martínez, escritor guatemalteco, se pregunta a su vez en su artículo “El volcán que nos desnuda”: “¿Por qué somos así? Tan dadivosos, tan solidarios, tan humanos ante la tragedia, pero tan reactivos, tan poco previsores, tan egoístas, tan cortoplacistas, tan ciegos que no vemos que hay tragedias que requieren de nuestra unión permanente, y están ahí y son las causantes de todas las demás: la desnutrición, la desigualdad, la pobreza extrema, la corrupción, la falta de educación, el abuso infantil, la migración y tantas otras tragedias que hacen de Guatemala un país en constante riesgo”.

Félix Alvarado concluye: “Lo nuestro no es una emergencia y no saldremos con urgencia. No bastan cinco latas de frijoles o un ecofiltro. De esto se sale construyendo instituciones, renunciando a lo que fuimos, cambiando de poder. Con la solidaridad que cuesta, la que nos amarra a los que son distintos a nosotros”. En otras palabras, construyendo un Estado moderno e incluyente, que nos permita salir del feudalismo.

 

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