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La máscara

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buscando a syd

¿Quién te hizo esto?.– Hijo, ¿quién te hizo esto? ¿Quién te causó tantas heridas? ¿enterró en ti tantos puñales? ¿quién rompió la elegía de tu pecho? ¿extrajo de ti la sangre interminable? Ay, hijo, tu rostro es el mar de lo irreconocible. Estás abierto como una fruta maldita. Preferido mío, ¿qué ron, qué mujer, qué noche, qué naipe, qué pacto, qué pandilla te redujo a esta condición?

La máscara.– Con esta máscara podrás caminar en las calles. No es cuestión de ir por ahí mostrando tu rostro orgánico, tu acero o tu piedad. Nadie quiere ver tus arrugas cuajadas, tu piel sucia. Con esta máscara –máscara práctica, livianísima– podrás pedir trabajos y tener citas sexuales. Está cargada de las cosas que los otros siempre consienten. Es perfecta porque solo enseña el perfil necesario, el cubículo de tu ser que es requerido, nada más. Quítatela y serás linchado.

Desde el bus.– Desde el bus veo las otras vidas. No sé si son vidas indispensables, pero son las otras vidas, las vidas de los otros, las vidas de los que no están muriendo en esta precisa vida que es mi vida, mi vida epóxica, carbónica, patibularia, no convivencial. Siempre que vea las otras vidas desde la ventana del bus, sentiré que mi propia vida tiene alguna especie de sentido, y el sentido consiste en imaginar eidéticamente que esas vidas ajenas, ortogonales, son superiores. Las imagino, las edito, les doy formas limpias, nunca amarillas. Las convierto en prefecturas perfectas, sin cicatrices, sueños rectos, sinfonías. Mi plan consiste en nunca salir de este bus, nunca hablar con esos otros. Porque entonces me enteraría de sus infecciones, de sus muertes, de sus contratos, de las medusas que viven en sus gargantas, de sus emulsiones, de sus credos, de sus conscripciones… No estoy listo para saber que los otros son yo mismo.

El niño.– Vi un niño en la calle el otro día, flotando en un río-banqueta. Lo saqué de ahí y le di un pan, porque llevaba uno conmigo, y porque el cielo se llenó de altos reyes, de torres y de ángeles. El niño comió el alimento; pude ver un vasto pueblo en sus ojos. Luego se fue caminando, pero antes besó el botón de mi camisa. Fue lo que pasó el otro día. No he olvidado al niño, pero lo haré.

Oirás Sus Gritos.– Por favor, por favor, por fav… ¿Es que no puedes decir otra cosa que no sea por favor? Estamos aquí, y violaré a tu esposa. Es un hecho. Estás amarrado, y te seguiré golpeando. Es un hecho. ¿Qué sentido tiene que sigas diciendo por favor? Te guste o no, Oirás Sus Gritos. Tú, yo, ella: y nadie más. ¿Acaso no sabes que estamos en la mitad de la nada? Oh sí, conozco muy bien este desierto. Conozco este desierto largo y cirrótico, como el hígado de mi padre. Pero no quiero hablar de mi padre y de lo que me hacía en esta misma choza. De lo que quiero hablar es de lo que estoy a punto de hacerle a tu esposa. A tu linda, a tu bonita esposa.

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