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De película

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Lado b

Entré a una sala oscura a los tres o cuatro años y salí de ahí pasados los veinte.  Las películas me ayudaron a soportar una adolescencia insignificante, conflictiva y nada gloriosa.  El cine no me salvó como a Truffaut del suicidio, pero sí del tedio y de la desesperación.

Una de las grandes tragedias ocurridas en La Antigua Guatemala sigue siendo, para mí, el cierre del cine Imperial, antiguo teatro Díaz.  Llegué ahí por primera vez de la mano de mi madre.  La cinta era una de Jesús y era la época en que el público aún lloraba y se enardecía al ver los sufrimientos que “los centuriones” le hacían padecer a Cristo.  “Desgraciados, malditos, hijos de puta”, gritaban los de la galería, mientras una señora sentada a nuestra par, dejaba caer sendos lagrimones en una bolsa de poporopos.  En el momento de la crucifixión, estallé.  Grité, pataleé y armé tal relajo, que mi mamá, avergonzada, tuvo que sacarme de la sala.

En aquella época gloriosa, el Imperial exhibía una película diferente todos los días.  Y las funciones del sábado y domingo eran dobles.  Charros, vaqueros, romanos, chicas yé-yé, luchadores y rumberas convivían alegremente.  Y uno lo mismo se enamoraba de Raquel Welch que de Angélica María.  Una película que me dejó fascinado a los siete años fue De aquí a la eternidad, no comprendo exactamente por qué, ya que en realidad entendí de qué se trataba hasta que la vi mucho tiempo después en la tele.

Mi primera película adultos III (como se le llamaba a la calificación R en aquellos retorcidos tiempos) fue divertidísima. Tendría 12 años y me pasé media hora convenciendo al que vendía las entradas de que había dejado la cédula de identidad olvidada en mi casa (te la exigían para comprobar que eras adulto). “Bueno, de todos modos, usted ya se ve grande”, dijo y, sin saberlo me abrió las puertas a los territorios de la cinefilia.  La película era el Decamerón de Pasolini.  Buscando pornografía, me encontré con la cultura. Los caminos del señor son inescrutables.

****

Revisé la otra noche el documental Mi viaje a Italia, la historia del cine italiano según Martín Scorsese, y fue como encontrarme con parte de mi pasado, de mi memoria. Un vistazo nostálgico a aquellos tiempos en donde ingresar a una sala oscura tenía mucho de aventura, en donde una película podía cambiarnos de golpe la vida.

Por lo general, en mis años de adolescencia, la cinta que cambiaba el rumbo de nuestra existencia era italiana. O francesa, en su defecto. Descubrir a Fellini, a De Sica, a Pasolini, a los 12 o 13 años, fue para mí una especie de revelación, el llamado inesperado de un dios desconocido para convertirme a una religión extraña, la de la cinefilia.  Un credo cuyo ritual consistía en consumir metros y metros de película hasta encontrar “la respuesta” ¿A qué? Nunca he sabido, pero en aquella época estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa para descubrir las dos o tres imágenes que me faltaban para que “el todo” fuera encajando.  Curiosa e ingenua manera de adquirir lo que más tarde supe que se llamaba “cultura cinematográfica”, pero a la vez intensa, desesperada, sincera.

Una película sobre unos tipos que hablan y se aburren en una ciudad de la costa italiana, fue una de mis primeras “sacudidas existenciales” de la época.  Era encontrarme de repente con todo aquello que me habría gustado decir a mí sobre la ciudad donde vivía: La Antigua Guatemala.  Tedio, repetición, amores ridículos y sueños de a centavo ¿Cómo alguien podía hacer un filme con unos personajes tan parecidos a mí, inacabados y terriblemente confundidos? ¿Cómo alguien podía hablar de aburrimiento, de fracaso, de desesperación de una manera tan natural y gozosa?  Años después supe que se trataba de I Vitelloni de Fellini.  Todavía me sorprende que el maestro no haya sido antigüeño, sino italiano.

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