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Hace algunos años, el partido PP de Guatemala llegó al poder con Otto Pérez como presidente, y por esas mismas fechas lo hizo también el PP de España, con Mariano Rajoy. Recuerdo haber hecho entonces una especie de predicción que vaticinaba que Otto Pérez ni siquiera terminaría su periodo porque acabaría siendo uno de los gobiernos más corruptos y nefastos de Guatemala, y afirmé que lo mismo pasaría con el PP de España. Con Otto atiné la predicción, pero con Mariano el vaticinio tardó más tiempo en cumplirse. Sin embargo, ayer se cumplió: el nefasto Rajoy fue desalojado al fin de la Moncloa, después de un voto de censura apoyado por más de la mitad de los diputados del Parlamento.

Y es que Rajoy y su gobierno representan la sobrevivencia más rancia y apestosa del franquismo maquillado, aquel que a pesar de las cirugías estéticas continúa oliendo a sotanas, a incienso y a naftalina, y que pervive en rincones claves del Estado, como el sector Justicia, y que domina curiosamente en amplios sectores de la sociedad civil, como el de las personas mayores. De todos los países europeos, tal vez sea España el que tiene las estructuras de justicia más arcaicas y conservadoras, así como la monarquía más rancia y anacrónica, a pesar de sus intentos de aggiornamiento. No es de extrañar, así, que en un cuerpo político y social tan apolillado y apestoso a compadrazgos, a influencias y a componendas entre clanes, la corrupción se haya desarrollado a sus anchas como solo en países altamente conservadores como el nuestro, en Guatemala, puede suceder.

Aunque el gobierno de Mariano Rajoy pretendió gestionar con más eficacia la crisis que el gobierno anterior socialista de Zapatero había propiciado desde el año 2008, los resultados fueron desastrosos, al menos para la mayoría de los habitantes, no así para los grandes consorcios industriales y financieros, ni para los consabidos y omnipotentes bancos. De un país medianamente avanzado que España había llegado a ser en los años 80 y 90, con un nivel aceptable de bienestar, España se convirtió, en menos de diez años, en un país casi del tercer mundo, en el que la única opción que le quedaba a los jóvenes era la de largarse para buscar fortuna en otro sitio.

Con el PP de Rajoy hubo una proliferación gigantesca de casos de desfalco al erario público a pequeña, mediana y gran escala (el caso Gürtel, Púnica, Lezo, Acuamed, Nóos, Andratx, etcétera) que tenían su origen en prácticamente todas las organizaciones territoriales, gobiernos locales y autonómicos vinculados al partido, en los que se calcula que hay más de mil líderes imputados (aparte de los 37 empresarios y ex-políticos del partido que fueron severamente condenados esta semana debido a la famosa trama Gürtel que consistió, entre otras acciones, en financiamientos ilegales al partido), con un saldo económico de varios miles de millones de euros robados o dilapidados. Sin embargo, Rajoy nunca tomó cartas en el asunto, sino que intentó más bien encubrir, minimizar y justificar esos actos de corrupción, al más puro estilo siciliano.

No cabe duda de que en ese sentido, Guatemala y España están profundamente hermanadas en estructuras y funcionamientos políticos similares (de tal palo, tal astilla). Solamente es de esperar que también aquí, nuestro Congreso pueda un día tener –creo que les llaman cojones– para retirarle la confianza a nuestro presidente actual de Gobierno y forzarlo a renunciar.

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