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Acelera

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buscando a syd

Edificios.– Hombres construyendo edificios, en el doliente mediodía, creando ciudades descaradas, en donde han de vivir los cínicos del futuro.

La envenenada.– Él me está envenenando. Quiere quedarse con todo. Lo sé por la manera en que extiende el plato de comida: con una mixtura de nerviosismo y desdén, irrupción y cálculo. Ayer estuve vomitando toda la noche, con anormal insolencia. Alcancé a notar –lo noté en sus auxilios impostados– una sonrisa taimada; reconocí en su alma un ave oscura. Sé que no tengo tiempo, y tampoco fuerzas tengo (ya ni consigo cerrar el puño), pero hoy en la noche huiré, entre los jardines y la niebla. Huiré de quien dice darme medicinas y me da venenos.

Octubre.– Octubre es otro mito y el mañana no es.

Caliente carretera.– Te agarran –son dos: gordo uno, sequito el segundo– en la ya ardiente carretera. Fuiste muy descuidado. Tan descuidado. Ahora querés convencerlos con dinero, palabras facilonas. Primer escenario: te llevan a un lote: te disparan en la cabeza. El segundo escenario es bastante parecido al primero.

Acelera.– Tu responsabilidad moral es atropellarlos a todos. Ellos no son tus iguales. No son tus hermanos. Pero el carro es tu arma. Tu bendición. Acelera.

El corazón.– A esta hora, los muertos, ellos, se ponen a meditar, y para ello abren la cortina que da a la larga avenida. ¿En qué meditan? Meditan en el corazón que palpita debajo de las tristes banquetas, y que lo sufre todo, cuando los vivos respiran.

Practicalidades.– ¿Dónde pongo el cadáver? ¿Le coloco encima una flor? ¿Cuántas lágrimas derramo? ¿Qué se hace luego con el arma?

Golondrinas y gaviotas.– Golondrinas y gaviotas caen en el lugar en donde quisimos el otro día arreglar las cosas. Sabes bien que te paraste y te fuiste; y que yo no salí a buscarte. Quedé viendo las golondrinas y las gaviotas, gritando rotas a mi alrededor.

Callar.– Te están rastreando, porque no admiten el sudor de lo libre. Entiendo que quieres gritar, mas no seas vano, no pidas una cruz. ¿Qué hay en el martirio, sino flagelo? Lo táctico del momento es callar. Ya vendrá nuestra gloria.

Cruzar la calle.– ¿Cuántas veces he cruzado ya esta calle? ¿Cuántas veces calculado las distancias? ¿Cuántas veces esperé el momento correcto, hasta por fin animarme, entre carros y motos, aprovechando las breves ausencias e intersticios del tráfico incondicional, eterno, inacabable? ¿Cuántas veces di un paso en falso, me aventaron, me dejaron cojeando, malherido, con los intestinos de fuera, sangrando, para terminar sin pulso? ¿Cuántas veces estoy condenado a repetir esto?

 

El maíz amanece podrido.– El maíz amanece podrido. Los perros hambrientos rodean la casa. Mi esposa está demente. Mis hijas ya no saben hablar. No pasa un día sin que aparezca un fanático o un violador. ¿Volverá el antiguo orden, los días cuando comíamos tortillas de oro? No.

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