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Columnistas

Lecciones que nos deja el caso Molina Theissen

opinion

EL BOBO DE LA CAJA

Uno. “Yo te puedo llevar al lugar exacto donde está enterrado Efraín Bámaca”, dijo de pronto, como si en vez de confirmar la ejecución extrajudicial de un comandante guerrillero estuviera refiriéndose a algo de lo más normal y cotidiano.

Conversábamos los dos en la cabina del picop, él rumbo a su finca en la costa sur, yo aprovechando jalón para bajarme a medio camino. Hijo de la élite terrateniente guatemalteca, creció bajo la lógica del enemigo interno: la subversión quiere arrebatarnos lo que es nuestro y eso justifica cualquier cosa –secuestros, torturas, violaciones, despojos; quitarle el agua al pez, política de tierra arrasada; culpables, sospechosos o inocentes, qué más da, ¡a la misma fosa todos!

Bombero voluntario, amoroso padre de familia, tipazo franco y desprendido, hombre de noble corazón, su caso es el de tanta gente de bien cuyos valores y pautas de conducta encajan en lo que Hannah Arendt definió como banalidad del mal: esa errática y arbitraria manera de proceder en atención a criterios y ejemplos imitados, de espaldas a la introspección seria y el examen de la propia conciencia.

Dos. Poco más, poco menos, a todos nos ocurre algo similar. Es hora de ver hacia adentro, reconocer el problema en nosotros mismos y dejar de señalar con el dedo al que piensa diferente. Guatemala es una sociedad enferma y usted y yo formamos parte de ella.

Tres. He pensado mucho en la anécdota de arriba conforme se desarrollaba el juicio contra los militares implicados en la desaparición de Marco Antonio Molina Theissen y la tortura y ultraje sexual de su hermana, Emma Guadalupe.

Él es una de las tantas víctimas civiles e inocentes que dejó la guerra: “daños colaterales” aún hoy justificados e incluso celebrados por personas que no saben lo que dicen, limitándose a repetir lo que escuchan a su alrededor. Lo más probable es que haya muerto de forma brutal a manos del Ejército. Ella, tras sufrir torturas y vejaciones, logró escabullirse de sus captores. Durante casi cuarenta años ha cargado con el peso de sentir que su libertad se pagó con la vida del hermanito.

Cuatro. “Vengo a pedirle al tribunal que su sentencia sea proporcional al daño provocado”, fueron las palabras de Emma Guadalupe. El Ministerio Público fue más explícito y requirió las máximas penas aplicables.

Al reparar en ese detalle me acordé del veredicto contra Ríos Montt, la togada Yassmin Barrios mancillando su investidura en un desliz de vanidad, faltando a su obligación de ser ecuánime al saludar cual diva rockstar mientras el público en la sala aplaudía con frenesí. Y temí lo peor.

Por fortuna, los jueces esta vez resistieron las presiones a uno y otro lado dictaminando no las máximas, sino las mínimas penas: 58 años de cárcel para tres de los imputados, 33 para otro de ellos y uno más que fue absuelto.

Cinco. ¿Por fortuna? Sí, eso dije. Pablo Xitumul y la corte por él presidida demostraron que la justicia puede y debe dirimirse de puertas hacia adentro, con independencia de clamores populares, fárragos mediáticos y cabildeos oenegeros.

Quedó sentada la responsabilidad de las fuerzas represoras del Estado en crímenes abominables contra una población a la que juraron defender. Los magistrados hicieron constar que la dignificación de las víctimas es importante, y que esa dignificación no tiene que ver con el desquite (¡pena máxima!) ni con la venganza (¡que sufran!) ni con la compensación económica (¡pisto es lo que quieren!), sino con el esclarecimiento de los hechos que conforman nuestra historia.

He ahí la mayor de las victorias: una victoria que reivindica no sólo a la familia Molina Theissen, sino a toda la ciudadanía.

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